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Psicólogos Zaragoza - Centro Kaeru

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Psicólogos Zaragoza

Eugene Gendlin

Focusing

martes, 6 de diciembre de 2016

Imagina que un individuo se siente engañado por algún suceso de la vida diaria: un ejecutivo ve que se promociona a alguien que lo merece menos que él mientras que a él se le relega; un escritor está a punto de mandar su obra pero un fallo del ordenador borra semanas de trabajo y se le penaliza por no cumplir el plazo de entrega. ¿Cómo estarían de motivados estos sujetos para ayudar a otras personas? Uno podría imaginar que las personas que han tenido mala suerte en la vida o a las que les han salido mal las cosas estarían especialmente motivados para ayudar a otros o que se sentirían mejor y reconfortados al hacer el bien. Pues no, los autores del artículo que comento hacen la predicción contraria y la demuestran en unos experimentos: sentirse agraviado da a la gente una percepción de tener un derecho para obtener un resultado positivo -y evitar los negativos- que le libera de las obligaciones de la vida social. En la vida social normalmente nos guiamos por el principio de ayudar a los demás y de evitar el egoísmo. Los autores proponen que debido a este elevado sentido de tener un derecho, los agraviados se sienten liberados de esta obligación comunitaria y exhiben unas conductas más egoístas.

Los individuos se sienten agraviados cuando obtienen resultados que no coinciden con lo que ellos creen que se merecen, como ser tratados con respeto, de manera similar a otros, recibir justificaciones por las decisiones que les afectan, o incluso tener una infancia feliz. Diferentes personas creen que se merecen diferentes cosas por lo que el agravio puede tomar varias formas pero la experiencia de ser agraviado es siempre desagradable y produce un afecto negativo, muchas veces de ira. Los autores proponen que la percepción de ser agraviado produce el sentimiento de tener el derecho a evitar más sufrimiento y de obtener buenos resultados para uno mismo. Es como si estas personas pensaran que ya han recibido su cuota de sufrimiento -como si hubiera una cantidad máxima de victimización que una persona debe razonablemente soportar- y, consecuentemente, se sienten autorizados a pasar de algunos de los inconvenientes de la vida, como ser atento a las necesidades de los demás.

Hay psicólogos clínicos que han sugerido antes esta relación. Hay tanto pruebas de que la victimización lleva a la sensación de tener un derecho como que sentirse con derechos lleva a ser más egoísta y los autores las revisan. Por ejemplo, en un estudio las personas que puntúan alto en la escala Psychological Entitlement Scale cogían más caramelos que en teoría eran para compartir con niños, decían merecer un salario más alto, eran más avaros en juegos de dinero y trataban a sus parejas de forma más egoísta. A pesar de ello, la hipótesis completa que defienden los autores no se ha investigado directamente aunque hay sugerencias que la apoyan. Hay experimentos que investigan la llamada “equidad con el mundo”: si somos menos beneficiados en una cosa intentamos beneficiarnos más en otra. En un estudio los sujetos a los que se les había pagado poco en una tarea  pagaban menos a otros sujetos en otra tarea y se pagaban más a sí mismos.

Estas investigaciones apoyan que si nos sentimos maltratados en un dominio esto lleva a conducta egoísta en ese dominio (por ejemplo, si nos han robado la luz de la bici nos sentimos autorizados robar la luz a cualquier otra bici) pero los autores del trabajo proponen que el egoísmo se puede extender a otros dominios diferentes que no tienen nada que ver con el agravio inicial. Otra diferencia con investigaciones previas es que los trabajos previos dan una valor central a la ira, consideran que es la ira el motor de esas conductas egoístas, mientras que los autores de este artículo insisten en que es el hecho de sentirse con más derechos que los demás lo que lleva al egoísmo.

Para probar su hipótesis realizan tres experimentos. En el primero estudian si hacer recordar a los sujetos del experimento episodios de su vida en los que han sido tratados injustamente hace que ayuden menos a los demás. En el segundo miden si hacerles recordar episodios de injusticia les hace manifestarse más egoístas y si es por un sentido de tener derechos. En el tercer experimento en vez de hacerles recordar injusticias pasadas se les provoca una situación injusta (por un fallo del ordenador) y se observa si entonces piden más de una recompensa común con otros sujetos.

Efectivamente, los resultados son que los sujetos que recuerdan o viven injusticias ayudan menos, se creen más autorizados a ser egoístas en situaciones futuras y a no sufrir inconvenientes (algunos de forma anecdótica dejan más basura o se llevan el boli del experimentador…), y en el tercer experimento perder en un juego por una razón injusta les hace sentirse con más derechos y se auto adjudican dinero de una manera más egoísta. Así que los autores consideran su hipótesis apoyada y luego desacreditan otras posibles explicaciones de los resultados (la de que la conducta se deba a ira, a un sentimiento de “equidad con el mundo”, como antes comentamos y otras). 

Creo que este estudio es interesante por varias razones. Por un lado se demuestra que las víctimas se siente con más derechos, se comportan de forma egoísta y reclaman una mayor parte del pastel pero hay otros datos que sugieren que sentirse agraviado puede conducir a hacer daño a los demás. Está toda la literatura que trata del peso de “víctima a verdugo”, de cómo personas que han sido víctimas de maltrato o abusos se convierten a su vez en maltratadores. Es una literatura puramente correlacional y no pueden extraerse conclusiones sobre causalidad porque intervienen muchas causas y factores pero tiene cierto valor ese vínculo en este contexto que estamos tratando y merece ser investigado.

En segundo lugar, estos estudios se han llevado a cabo en individuos pero el fenómeno podría darse también a nivel de grupo. Hay estudios recientes que encuentran que grupos a los que se les recuerda su victimización es menos probable que se sientan culpables de hacer daño a otros grupos. Por ejemplo, norteamericanos a los que se les recuerda el 11-S sienten menos culpa del sufrimiento de los iraquíes por la invasión norteamericana del país. Investigaciones futuras deberían ahondar en la posibilidad de que tanto individuos como grupos puedan sentirse autorizados a hacer daño a otros cuando les beneficia.

Por último, según algunos, vivimos en una cultura del victimismo en la que nos sentimos agraviados cada vez por cosas más leves y en la que todo el mundo reclama para sí la condición de víctima para demandar ventajas y compensaciones. En este contexto son importantes los resultados de este estudio porque sugieren que la injusticia puede tener un efecto dominó que va más allá del evento inicial. Si la víctima (individuo o grupo) hace daño a una tercera parte por su comportamiento egoísta, tenemos una segunda víctima que se sentirá injustamente tratada y que a su vez se comportará de forma egoísta o hará daño a los demás…y así ad infinitum. 

@pitiklinov

Referencia:



jueves, 1 de diciembre de 2016

Cinismo Ilustrado es una web de Eduardo Salles
La mayoría de la gente cree que es justa, virtuosa y buena moralmente. Estas creencias merecen ser estudiadas científicamente porque, a diferencia de otro tipo de ilusiones positivas, las creencias morales contribuyen a la gravedad de los conflictos humanos. Cuando dos bandos opuestos están convencidos de su propia virtud la escalada de violencia es más probable y las probabilidades de resolución del conflicto más bajas. Pero esta autocomplacencia no se limita a los conflictos, una mayoría de personas se cree moralmente superior a la media. Comparada con las creencias de superioridad en otras esferas, diversas evidencias sugieren que la irracionalidad de las creencias de superioridad moral es mayor que las otras. 

Taylor y Brown en 1988 publicaron un artículo sobre las “ilusiones positivas”, la primera de las cuales es una positiva auto-evaluación general. Un alto porcentaje de gente se valora a sí misma mejor que a otras personas en muchas cosas (que conducen mejor, que son más inteligentes, generosos, etc.) y a este tipo de ilusiones se les ha llamado “efecto mayor que la media” (better than average effect) o “auto-promoción” o “auto engrandecimiento” (self-enhancement). En diferentes estudios se ha visto que los rasgos morales deseables, como honestidad y confianza, muestran las mayores diferencias entre el sujeto y los demás. Y lo mismo ocurre con los rasgos negativos (mentir) que son adjudicados con más frecuencia a los otros. Es decir, la magnitud del efecto de auto engrandecimiento es mayor para las características morales (honestidad) que para características no morales (competencia en otras esferas, ambición, inteligencia…). Además, mientras el autobombo en rasgos no morales disminuye con la edad, la asimetría yo/otros en rasgos morales es constante a lo largo de la vida.

Para complicar más la cosa, los rasgos deseables morales se consideran altamente descriptivos o definitiorios del yo, más que los rasgos no morales (por lo que nos vamos a sentir más atacados en nuestra esencia en este campo que en otros). En varios estudios se ha observado que rasgos morales como honestidad, fidelidad y lealtad se consideraban más auto-descriptivos que otros como “listo”, “sabio” o “lógico”. Y estos estudios abarcan culturas diferentes así que el fenómeno parece generalizado. Finalmente, los individuos consideran que, a pesar de las circunstancias de la vida, siempre van a poseer estos rasgos.

La conclusión de todo lo anterior es que estamos ante una paradoja. La mayoría de las personas considera que son un dechado de virtudes pero pocas personas perciben esta abundancia de virtud en los demás. Esto tal vez tenga su lógica porque los rasgos morales son muy deseables pero no son fáciles de contrastar con la realidad. 

Por todo ello, los autores del artículo que comento en la bibliografía se plantearon estudiar este fenómeno y llegan a dos conclusiones principales. La primera es que la superioridad moral tiene un componente irracional sustancial (la forma en la que miden esta irracionalidad no me queda muy clara) que es mayor que el que se da en otras esferas. El segundo hallazgo es que, a diferencia de lo que ocurre con otras características, la superioridad moral irracional no se asocia a la autoestima. Es decir, no encuentran asociación entre alta autoestima y una creencia irracional más fuerte en la superioridad moral. Esto es francamente chocante porque no encaja con nuestra interpretación actual de las “ilusiones positivas” en general y porque en otras ilusiones sí existe asociación con la autoestima.

El problema es explicar la causa de esta ilusión y aquí las cosas no están nada claras. Según las teorías del manejo del error parece racional esta ilusión de superioridad moral. Considerar que una persona es fiable cuando no lo es tiene un coste mucho mayor que a la inversa. Según esta línea de pensamiento, puede ser racional suponer una moralidad más baja en los demás…

Resumiendo, la creencia en que uno es moralmente superior a la persona media es robusta y muy extendida. La irracionalidad de esta creencia parece mayor que la que se observa en otras ilusiones de superioridad, lo que la convierte en una forma especial de ilusión positiva. Lo que no está claro es la función que cumple este sesgo pero lo que sí es evidente es que debemos conocerlo y estar todos muy alerta.

@pitiklinov

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