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Psicólogos Zaragoza

Eugene Gendlin

Focusing

martes, 3 de julio de 2018

En su librito (127 páginas de lectura) Discrimination and Disparities el economista Thomas Sowell se dedica a combatir la que él llama Falacia Invencible, la idea de que los resultados de cualquier empresa humana (distribuciones de ingresos, de empleo, de presencia de sexos en una carrera o en otra, etc.) serían iguales o comparables si no fuera por intervenciones sesgadas, por algún tipo de discriminación. Creer que los resultados obtenidos por diferentes individuos o grupos humanos deben ser los mismos en ausencia de discriminación es algo que desafía la lógica y la evidencia empírica  a nivel mundial y a lo largo de la historia de la que tenemos registros. Las disparidades no implican discriminación, si bien tampoco se puede excluir que realmente exista, pero eso hay que demostrarlo con pruebas y no asumir que la discriminación sea la explicación por defecto. Para encontrar un ejemplo de explicación alternativa a veces no hay que ir muy lejos y puede ser tan sencillo como la demografía. Hay más de veinte países con una edad media de la población de 40 años y existe otra veintena de países cuya edad media es inferior a los 20 años. Es evidente que no es racional esperar la misma productividad a nivel económico o la misma tasa de delincuencia (los jóvenes cometen un mayor número de delitos) en todos esos países. Para dar una idea, voy a comentar un par de cosas del libro que me han parecido interesantes:

Tipos de discriminación

La palabra discriminación tiene significados contrapuestos por lo que es importante saber lo que queremos decir con ella. Sowell distingue dos tipos de discriminación:

Discriminación tipo I: en un sentido amplio, discriminar es la capacidad para distinguir diferencias en las cualidades de las personas o de las cosas y escoger en consecuencia. Esto puede aplicarse tanto a la elección de un vino, una obra de arte o una pareja. Esta discriminación tipo I consiste en hacer distinciones basadas en hechos. Enseguida vamos a ver que hay dos tipos de discriminación I.
Discriminación tipo II: en un sentido más restringido y de uso más común, discriminar es tratar a la gente de forma negativa en base a asunciones arbitrarias o a aversiones que conciernen a los individuos de una determinada raza o sexo, por ejemplo. Esta es la discriminación que las políticas y leyes antidiscriminación quieren combatir.

En una situación ideal, la discriminación tipo I, aplicada a las personas, significaría juzgar a cada persona como un individuo, sin tener en cuenta el grupo al que pertenece. Pero esto no es posible en todos los contextos. Imaginemos que caminamos una noche por una calle oscura y vemos una sombra de una persona en un callejón…¿esperamos a ver quién es esa persona para juzgarla individualmente o cruzamos a la otra acera por si acaso? La sombra podría ser un vecino amable paseando a su perro, pero si es un ladrón la decisión de quedarnos puede tener un coste elevado. Estamos de acuerdo en que la discriminación I es preferible  porque significa tomar decisiones basándonos en realidades pero cuando hay una diferencia de costes entre usar la discriminación tipo I o la II el resultado final dependerá de lo grandes que sean esos costes.

Existe una variante de discriminación tipo I que consistiría en tener en cuenta evidencias empíricas pero no acerca del individuo sino del grupo al que el individuo pertenece. A la discriminación ideal, la de basar las decisiones en los individuos, la llama discriminación Ia y a la variante menos ideal -la que toma decisiones acerca del individuo basándose en hechos acerca del grupo- la llama discriminación Ib. Pero no hay que perder de vista que las dos son diferentes a la discriminación tipo II que es tomar decisiones basándose en nociones o animosidades que no tienen evidencia. Vamos a ver un ejemplo para ilustrarlo.

Imaginemos que el 40% de la gente del grupo X es alcohólica mientras que sólo el 1% de la gente del grupo Y lo es. Un empleador puede preferir contratar gente del grupo Y porque un alcohólico en el trabajo puede ser no sólo ineficaz sino también peligroso. Pero esto significaría que al 60% de la gente del grupo X se le estaría negando la posibilidad de trabajar cuando no son alcohólicos. Lo que es crucial para tomar estas decisiones es el coste de determinar si un individuo es alcohólico o no lo es, porque por lo menos el día que acudan a la entrevista de trabajo irán sobrios pero la conducta peligrosa aparecería más adelante. Los costes de un mal trabajador y de un mal producto los van a pagar sus compañeros, los clientes y desde luego el empleador que puede poner en peligro su empresa. Si el empleador siguiera esta política de coger trabajadores del grupo Y no estaría aplicando una discriminación I en su sentido más puro pero tampoco está haciendo una discriminación tipo II en el sentido de que su decisión se base en una antipatía personal o en un prejuicio. El empleador puede tener amigos incluso en el grupo X o pertenecer al grupo X pero prefiere no correr el riesgo de contratar gente de ese grupo. La decisión del empleador se basa en información correcta, pero correcta para el grupo no para el individuo y además ni siquiera es correcta para la mayoría de los individuos del grupo. esta sería la discriminación tipo Ib.

Existe un ejemplo real de este tipo de discriminación que cita Sowell en el libro. Un estudio mostró que, a pesar del rechazo de muchos empleadores a contratar hombres negros jóvenes  porque una significativa proporción de ellos tenía un historial delictivo, los empleadores que comprobaban sistemáticamente los antecedentes penales de todos los aspirantes tendían a contratar más jóvenes negros que otros empleadores. Es decir, cuando la naturaleza del trabajo hacía que el coste de comprobar los antecedentes mereciera la pena ya no era necesaria la información de grupo y el empleador podía valorar a los individuos. Esto es importante a nivel práctico porque mucha gente que quiere ayudar a los jóvenes negros ha defendido prohibir que los empresarios puedan comprobar la historia delictiva considerando que es discriminación racial incluso cuando se realiza a todos los aspirantes independientemente de la raza. Si los resultados de este estudio son ciertos, estas políticas bienintencionadas podrían estar perjudicando a las personas a las que intentan ayudar.

Los costes de la Discriminación (para los que discriminan)

Este tema de los costes de la discriminación para los propios discriminadores me ha sorprendido porque no lo había visto tratado antes y por algunos datos históricos que da Sowell. Resumiendo,  no podemos ir directamente de las actitudes a los resultados (aunque estas actitudes y decisiones sean racistas o sexistas) como si no hubiera factores intermedios como los costes que las decisiones tienen en un mercado competitivo. Las autoridades o instituciones pueden decidir o querer una cosa pero hay otros factores implicados. Los negocios que operan en el mercado de trabajo no son como los profesores que votan en una reunión en la universidad porque el voto de los profesores no tiene un coste para ellos mismos. Es decir, hay una diferencia fundamental entre decisiones que salen al mercado y decisiones que están aisladas del feedback que va a producir el mercado. Vamos a ver ejemplos.

En Sudáfrica durante el apartheid había una serie de limitaciones sobre el número de trabajadores negros que podían ser empleados en las diversas industrias y ocupaciones. Pero los empleadores blancos de industrias competitivas a menudo contrataban más trabajadores negros de los permitidos por la ley. En los años 70 se multó a empresas de la construcción por contratar a más trabajadores negros de los permitidos pero es que en otras industrias había más trabajadores negros que blancos en categorías particulares donde era ilegal por completo contratar trabajadores negros. 

No hay ninguna evidencia de que los empleadores blancos que contrataban trabajadores negros y violaban las leyes tuvieran una ideología con respecto a las razas diferente a los legisladores que habían hecho las leyes. Lo que era diferente en los empresarios con respecto a los políticos fue que el empleador que no contrataba trabajadores negros pagaba un alto precio en forma de pérdida de dinero mientras que el legislador no pagaba ningún precio. Mejor dicho, los políticos que no hacían esas leyes racistas pagaban un precio político ya que en un sistema en el que solo los blancos podían votar los trabajadores blancos sí querían protección frente a los trabajadores negros. Tanto los empleadores como los políticos persiguen sus propios intereses sólo que los incentivos y limitaciones son diferentes en un mercado competitivo que en una institución política.

Las leyes del apartheid decían también que era ilegal que la gente “no-blanca” vivieran en ciertas áreas pero la realidad era que mucha gente “no-blanca” vivía de hecho en esas áreas. De nuevo, lo esencial es el tema de los costes. Los costes de perder dinero por no alquilar a “no-blancos” entran en conflicto con los costes de desobedecer las leyes. Es verdad que un blanco racista puede preferir a los blancos antes que a los negros pero lo que es seguro es que se prefiere a sí mismo antes que a otros blancos…Y si otros empresarios salen adelante y él tiene que cerrar su negocio no va a ser muy feliz. A un blanco no le cuesta nada votar a candidatos que promueven la supremacía blanca pero los costes de no contratar trabajadores negros o alquilar pisos a “no-blancos” pueden hacer que su negocio no sea rentable o que se quede sin ingresos.

Los costes de la discriminación tipo II pueden ser muy bajos o inexistentes en 1) monopolios públicos 2) organizaciones sin ánimo de lucro y, por supuesto, en 3) el empleo gubernamental. En estas situaciones la discriminación tipo II es más frecuente que en los mercados competitivos, no sólo en Sudáfrica sino en otros lugares del mundo. No me voy a extender demasiado porque la entrada está resultando ya bastante larga pero en EEUU ocurrió lo mismo con las leyes sudistas que obligaban a los negros a sentarse en la parte de atrás de autobuses o en vagones diferentes en los trenes. La historia de estas leyes ilustra este lucha entre los incentivos y limitaciones económicos y los incentivos y limitaciones políticos. Lo que pasó es que muchas compañías de transporte (cuyos beneficios dependen de transportar gente al menor coste) se opusieron a la promulgación de estas leyes y pusieron demandas judiciales aunque las perdieron en los tribunales. Después, no hicieron nada por aplicarlas permitiendo que la gente se sentara donde pudiera y solamente cuando empezaron a caer multas las aplicaron. 

En definitiva, Sowell es un hombre que piensa con lógica, se explica con claridad e intenta basar sus argumentos en datos. Como todo, podemos estar o no de acuerdo con él y algunos de los estudios que cita tienen problemas, como los estudios sobre el efecto orden de nacimiento o otros estudios que dicen que los niños de clase alta escuchan más palabra en los primeros años que los de clase trabajadora. Pero en conjunto se trata de un librito muy recomendable del que se pueden aprender cosas.

@pitiklinov

Post-Script: hablando de esto de la discriminación y de que no tiene por qué ser discriminación todo lo que lo parece me he acordado del caso de la Universidad de Berkeley en 1973, se puede consultar en Wikipedia donde habla de la Paradoja de Simpson. Resulta que esta universidad tuvo unas cifras de admisiones de este año que eran estas:


La universidad tenia miedo de que les denunciaran por discriminación y analizó lo que había ocurrido. Resultó que al analizar las admisiones de los 85 departamentos, en 6 aparecía un sesgo aparente contra los hombres y solo en 4 contra las mujeres:



Parece que lo que había ocurrido es que las mujeres habían solicitado la admisión en departamentos con menos tasa de admisión y los hombres en departamentos con más tasa de admisión. Se trataría de un ejemplo de la paradoja de Simpson donde una tendencia en grupos de datos se revierte cuando se agrupan. 



martes, 26 de junio de 2018

Acaba de publicarse un artículo que estudia el riesgo de que las manifestaciones se conviertan en violentas y propone que, aunque no son los únicos, hay dos factores claves: (1) el grado en que la gente ve la manifestación como una cuestión moral (2) el grado de convergencia moral percibida, es decir, el grado en que los participantes creen que los demás comparten sus actitudes morales. También sugieren los autores que se pueden medir estos dos factores de riesgo por la actividad en las redes sociales y encuentran que la retórica moral aumenta en las redes en las horas previas a las manifestaciones y que este aumento de carga moral predice el número de detenciones que ocurrirán posteriormente en la manifestación. Vamos a ver el estudio con un poco más de detenimiento.

El estudio se ha realizado en EEUU e intenta buscar una explicación a la aceptación de la violencia en las manifestaciones, algo que está ocurriendo con relativa frecuencia en ese país con incidentes recientes como los de Ferguson, Missouri, o los de Charlottesville, en Virginia. Y los autores se centran en la moralización porque cuando una cuestión se moraliza se convierte en un asunto de bien y mal y deja de ser sólo una preferencia personal, que nos guste o aprobemos más o menos una protesta. Cuando el asunto se moraliza se hace más absoluto y menos susceptible a cambio, se impone el sentimiento de que “se debe” hacer algo de una u otra manera y esto contribuye a que se apoyen actuaciones violentas. 

Los autores observan que hoy en día las manifestaciones vienen precedidas de discusiones en Twitter y Facebook acerca de cuestiones morales como la justicia o injusticia social. Las redes sociales se han convertido en importantes herramientas para expresar la desaprobación moral y hay estudios que encuentran que los tuits con contenido moral se diseminan en mayor medida. Como hemos tratado anteriormente, las redes son el lugar para expresar la indignación moral y, por otro lado, como decíamos al hablar de la violencia virtuosa, los sentimientos morales proveen muchas veces la base para la violencia. Cuando uno percibe la obligación moral de hacer algo y no lo puede hacer de otra manera existe el riesgo de justificar el paso a la fuerza y la violencia. Los suicidas bomba, por poner un ejemplo extremo, matan a otros en nombre de una autoridad divina y de unos principios morales convencidos de que están haciendo lo correcto y lo moralmente bueno. Así que conviene recordar que hay una asociación entre creencias morales y violencia y que la moralización es una factor de riesgo para la violencia.

Pero los autores propone que el riesgo de violencia no depende sólo de la moralización sino del grado en que la gente cree que los demás comparten sus creencias morales, un fenómeno al que ellos llaman convergencia moral percibida. Cuando la gente encuentra a otros que comparten sus actitudes morales esas actitudes son validadas y reforzadas y se hacen más fuertes e intransigentes, con lo que aumenta el riesgo de utilización de la violencia para conseguir los fines morales deseados. Esta percepción de que hay una convergencia moral se puede ver influida por la dinámica de las redes sociales ya que la gente tiende a agruparse con otra gente que tiene las mismas creencias en lo que se ha dado en llamar cámaras de eco (echo chambers) o burbujas aisladas. 

Para comprobar estas hipótesis, los autores estudian unas manifestaciones que hubo en Baltimore en 2015, que duraron varios días y estudian los tuits que circularon durante esos días. Primero codifican 4.800 tuits manualmente según su contenido moral y entrenan con ellos a una red neuronal que clasifica posteriormente 18 millones de tuits. Y luego analizan la relación entre tuits morales y número de detenidos. No encuentran que el número de tuits totales aumente en los días de manifestación pero sí que aumenta el número de tuits morales. Y encuentran que el número de tuits morales en las horas previas predice el número de detenciones, que sería un indicador de mayor violencia en la manifestación. A medida que aumenta el número de tuits morales aumenta el riesgo de detenciones en la manifestación de manera que la expresión de sentimientos morales en las redes sociales predice el mayor recurso a la violencia en las manifestaciones.

Además del estudio de estos datos correspondientes a los hechos reales de los sucesos de Baltimore, los autores realizan tres estudios de laboratorio donde preguntan a una muestra de sujetos una serie de cosas sobre la moralización de ciertos asuntos, la aceptación de la violencia para conseguir objetivo morales, el grado en el que crece que los demás coinciden con sus valores morales, etc. En conjunto, los resultados de estos tres estudios confirman las hipótesis de que la moralización de las manifestaciones y la convergencia moral aumentan la probabilidad de aceptación del uso de la violencia, lo que apoya los resultados conseguidos con el análisis de los 18 millones de tuits.

Conviene hacer algunas matizaciones. En primer lugar, estamos hablando de una correlación entre tuits y violencia (y de que con los tuits se puede predecir la violencia posterior) en las manifestaciones pero no de que los tuits sean la causa de la violencia. Es muy probable que una indignación moral subyacente sea la causa tanto de los tuits como de la violencia en las manifestaciones. Tampoco proponen los autores que estos dos factores sean condiciones suficientes para la violencia sino que hay muchos otros factores que pueden contribuir a la violencia. Lo que sí dicen es que el riesgo de violencia aumenta si ocurre la moralización y la percepción de que esa moralización es compartida. Lo que también creen es que las redes sociales introducen un sesgo en la percepción de esa convergencia por la tendencia a compartir las redes con gente que piensa como nosotros. 

Queda por investigar en el futuro cuál es el mecanismo por el que la convergencia moral aumenta el recurso a la violencia. Podría ser por una razón vamos a decir epistémica (si mis amigos comparten mis ideas es que tengo razón) o más bien por una razón social (si mis amigos no están de acuerdo conmigo puedo tener problemas si actúo de otra manera y no en línea con ellos). En cualquier caso, los hallazgos de este estudio podrían servir para buscar maneras de contrarrestar o de prevenir este uso de la violencia. Es decir, si pudiéramos conseguir disminuir la moralización de las actitudes y diluir la percepción de que los demás comparten nuestras posiciones morales se podría tal vez reducir el aumento en la aceptación de la violencia.

Y cierran el artículo con una reflexión final. A lo largo de la historia han existido aspiraciones para conseguir sociedades homogéneas moralmente (en la entrada anterior tratábamos precisamente el tema de una moral universal) pero los hallazgos de este estudio avisan de las consecuencias potencialmente peligrosas de que esa uniformidad utópica se consiguiera. 

@pitiklinov

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