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Psicólogos Zaragoza

Eugene Gendlin

Focusing

sábado, 8 de septiembre de 2018


Han salido un par de artículos recientemente que plantean un montón de preguntas interesantes con el eje común de por qué el aumento de servicios de salud mental no ha reducido la prevalencia del trastorno mental. Yo no tengo las respuestas a todas estas preguntas pero sí puedo hacer unas reflexiones sobre los problemas que plantean basadas en mi experiencia clínica y la realidad diaria de mi trabajo. Siento que la entrada sea tan larga porque a mí tampoco me gusta leer cosas largas pero creo que todo lo que trato aquí está mejor en un mismo sitio que repartido en entradas diferentes

                                                             I

El primero es un pequeño artículo de opinión en el Australian & New Zealand Journal of Psychiatry donde Roger Mulder, Julia Rucklidge y Sam Wilkinson plantean que los países desarrollados se encuentran con un dilema: han aumentado sus recursos dirigidos a tratar problemas mentales pero las medidas de estrés psicológico están empeorando. En Nueva Zelanda, por ejemplo, la inversión en salud mental subió de 1,1 billones de dólares neozelandeses (NZD) en 2008/2009  a cerca de 4 billones de NZD en 2015/2016. El número de psiquiatras y psicólogos prácticamente se ha doblado desde 2005 a 2015 y más gente que nunca está recibiendo tratamiento para sus problemas mentales. Las recetas de antidepresivos y antipsicóticos han aumentado más del 50% y hay más gente medicada que nunca. 

Pero a pesar de ese esfuerzo, ciertas medidas objetivas de salud mental no han mejorado sino que han empeorado. Según encuestas, el número de niños que sufren trastornos psiquiátricos ha aumentado más del doble entre 2008 y 2013. El porcentaje de la población que sufre estrés psicológico ha pasado del 4,5% en 2011 a 6,8% en 2016. Las incapacidades laborales por enfermedad mental se han multiplicado por cuatro entre 1991 y 2011 y la tasa de suicidio sigue siendo alta. 

Estos datos conducen a una pregunta obvia: si los tratamientos son efectivos, aumentarlos ¿no debería disminuir estas medidas (estrés psicológico, suicidios, etc.)? Como parece que este no es el caso, ¿es razonable seguir haciendo más de lo mismo? ¿Es buena idea entrenar a más personal en salud mental, prescribir más tratamientos y aumentar los servicios? Hay tratamientos que funcionan en estudios controlados pero no parecen funcionar a nivel comunitario. ¿Se están sobrediagnosticando cosas que no son enfermedades y se están dejando sin tratar las enfermedades más graves donde parece que el tratamiento podría ser más eficaz? ¿Es el tratamiento de mala calidad? ¿Se aplican los tratamientos demasiado tarde? ¿Las cosas serían mucho peores sin esta creciente inversión en salud mental? 

Según los autores, y estoy de acuerdo con ellos, estos datos requieren que nos paremos a pensar y a reflexionar sobre el modelo de servicios que tenemos y plantearnos si no estará causando daño en ciertas áreas. Es posible que para conseguir más lo que necesitamos es hacer menos, no más. Igual el modelo biomédico se está olvidando de otros factores como desigualdad económica, desempleo, prejuicios, y unos valores competitivos y materialistas que aumentan la enfermedad mental. Según ellos, necesitaríamos una visión que vaya más allá de dar más tratamiento. Igual se necesita proveer a las necesidades básicas de la vida cotidiana y proponen modificar factores como las conductas parentales, en la escuela y en el trabajo, la dieta y el estilo de vida. 

Yo estoy bastante de acuerdo con lo que plantean los autores y voy a hacer un paralelismo con otra enfermedad médica crónica, la diabetes, para que nos ayude a entender que estos datos, que parecen paradójicos, igual no lo son tanto. Vamos a hacernos la misma pregunta: ¿ha disminuido la provisión de tratamientos antidiabéticos la prevalencia de diabetes? Esta es la evolución de las ventas de antidiabéticos en USA:



Y según la Federación Internacional de Diabetes se estima que la prevalencia de diabetes pasará desde 366 millones de personas en 2011 a 552 millones de personas en 2030. Como vemos, el tratamiento contra la diabetes no parece estar disminuyendo tampoco la prevalencia de diabetes.

¿Y cual es la explicación? Yo señalaría dos aspectos:

1- nuestro estilo de vida es diabetogéno, no hacemos ejercicio, no seguimos una dieta adecuada, etc. 
2- Los tratamientos no son curativos sino sintomáticos, es decir, tratan o mejoran la enfermedad pero no la curan. 

¿Ocurre lo mismo en los trastornos mentales? Yo creo que sí:

1- nuestro estilo de vida es depresógeno.
2- Los tratamientos psiquiátricos (antidepresivos, antipsicóticos, ansiolíticos…) son eficaces mientras se están tomando pero su efecto desaparece al abandonarlos. Tratan pero no curan. 

¿Por qué es depresógeno nuestro estilo de vida? Pues porque, como dicen los autores citados, existe desigualdad económica, mucho estrés y presión en el mundo laboral y a todos los niveles. Nuestros valores son competitivos y materialistas y, por otro lado, se ha reducido el apoyo social del que disfrutaban las personas: la familia extendida, el cura del pueblo y la religión, el número de gente que vive sola aumenta a pasos agigantados en los países desarrollados, etc.

Este estilo de vida diabetógeno y depresógeno está haciendo que cada vez más gente llame a las consultas de endocrinólogos y de psiquiatras y psicólogos. Ni los tratamiento psiquiátricos ni psicológicos pueden parar esa avalancha, sí pueden aliviar y tratar síntomas pero no pueden cambiar el mundo de ahí fuera. El problema no está en la cabeza de las personas, el problema está en el mundo en el que las personas estamos viviendo (hablo de los cuadros adaptativos más leves, no opino lo mismo de las enfermedades psiquiátricas graves).

                                                           II

El segundo artículo es uno más largo de Robert Whitaker, el autor de Anatomía de una Epidemia, titulado Suicide in the Age of Prozac. El artículo se pregunta cosas como si existe una epidemia de suicidio en los Estados Unidos, si las campañas de prevención del suicidio funcionan o si los antidepresivos reducen el riesgo de suicidio. La respuesta a la primera pregunta es que no hay una epidemia de suicidio en los EEUU. Si miramos una larga serie histórica el suicido en USA en 1950 era de 13,2/100.00 y en 2015 fue de 13,3/100.000, así que en líneas generales se ha mantenido estable. Parece haber una tendencia decreciente hasta el año 2000 y luego va subiendo de nuevo al mismo nivel. En cuanto a la eficacia de los programas de prevención del suicidio, se inician en el año 2.000 aproximadamente y desde entonces lo que ha habido es un aumento de la tasa de suicidio por lo que no parece haber una influencia. En cuanto a si los antidepresivos reducen el suicidio no se confirma con decir que no, cosa que creo que los datos sí apoyan sino que propone que lo aumentan, cosa que creo que los datos no avalan.



Whitaker analiza si el aumento de servicios y recursos de salud mental disminuye el suicidio. Y para ello se centra en tres tipos de indicadores:
  1. La eficacia de políticas, programas y legislaciones sanitarias: concluye en base a estudios como este de Rajklumar y cols. que los países con mejores servicios psiquiátricos y mayor número de psiquiatras y camas psiquiátricas tienen mayor tasa de suicidio.
  2. El riesgo de suicidio en pacientes que reciben tratamiento psiquiátrico: y concluye que a mayor nivel de intensidad de tratamiento psiquiátrico, mayor riesgo de suicidio.
  3. El impacto de antidepresivos. Aquí revisa estudios controlados con placebo, estudios epidemiológicos y estudios ecológicos y concluye que hay una correlación entre el aumento de suicidios en el periodo 2000-2016 y el aumento en la prescripción de antidepresivos.

Finalmente, concluye que se necesita una nueva conceptualización del suicidio, que no sea la de la medicalización del suicidio, y de la forma de responder a él. Según Whitaker, habría que verlo como algo que surge dentro de un contexto social y hay que tener una respuesta con un mayor respeto por la autonomía de la persona que tiene sentimientos suicidas.

En conjunto, el artículo es muy interesante y las preguntas son muy válidas aunque las respuestas son más discutibles. Pero el artículo tiene sus problemas, en particular dos muy importantes. En primer lugar, todo lo que analiza Whitaker son correlaciones y a partir de ahí es imposible extraer causalidad, él mismo lo dice de pasada. Además, Whitaker selecciona determinados periodos como el 1987-2000 y el 2000-2016. Los antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) aparecen en 1987 y justo empieza un declive en la tasa de suicidio hasta el año 2000. Algunos psiquiatras lo achacaron muy ufanos a los ISRS cosa que Whitaker descarta (con razón probablemente) y lo achaca a la disminución en el número de armas y disminución del paro. Como a partir del 2000 las armas y el paro no oscilan Whitaker atribuye el aumento de suicidios a los antidepresivos. Esto es demasiado simplista y arriesgado. En un fenómeno tan complejo y en periodos tan largos influyen literalmente miles de factores muchos de ellos desconocidos. Querer explicar esos cambios con 3-4 factores es una tarea arriesgada.

El segundo problema que tiene el artículo es que cae continuamente en la confusión por la indicación o confusión por la enfermedad, como por ejemplo en el punto 2) y en parte del punto 3) cuando dice que a mayor intensidad de tratamiento mayor riesgo de suicidio. Esto es algo evidente. ¿Dónde se muere más gente, en un hospital o en una empresa cualquiera? Evidentemente en un hospital porque a él acuden los enfermos con enfermedades graves las cuales tiene mayor riesgo de mortalidad. Los pacientes psiquiátricos que han sido ingresados tiene mayor riesgo de suicido, dice Whitaker, y lo achaca al trauma del ingreso…pero los pacientes no se ingresan al azar sino en base a síntomas y signos clínicos de mayor gravedad, los cuales están relacionados con un mayor riesgo de suicidio.

En cualquier caso, y aceptando que los antidepresivos pueden inducir al suicido en algunos casos, no creo que la evidencia que presenta Whitaker demuestre que los antidepresivos son la causa del aumento de la tasa de suicidio en USA pero sí creo que los datos apoyan que los antidepresivos no reducen el riesgo de suicidio de manera global, a nivel comunitario. Con el gran aumento de la prescripción y ventas de antidepresivos, si se están recetando a las personas adecuadas, a los que padecen cuadros relacionados con el riesgo de suicidio, la tasa de suicidio creo que tendría que haber disminuido. También estoy de acuerdo con Whitaker en la necesidad de reconceptualizar el suicidio y los trastornos mentales comunes de otra manera y que la medicalización tal vez no sea la respuesta adecuada.

Pero me parecía que el estudio de Whitaker quedaba un poco cojo, centrándose solo en la psiquiatría y los antidepresivos. Al leerlo me preguntaba: ¿Y qué pasa con las psicoterapias? Mucha gente, tome o no tome medicaciones, hace también algún tipo de psicoterapia. ¿Podemos hacer correlaciones entre el número de gente que hace psicoterapias y las tasas de suicidio o medidas de salud mental en general?

Me puse a buscar en Internet y no he encontrado absolutamente nada sobre el número de personas que realizan psicoterapias y la evolución histórica de este número, es decir, lo que ha pasado en las últimas décadas, si han aumentado o no. Mi intuición es que probablemente han aumentado, tanto las psicoterapias “formales”, como la terapia cognitivo conductual, (supongo que han disminuido las de orientación psicoanalítica) como otras más informales como el mindfulness, EMDR, coaching, etc. y probablemente también muchas otras “alternativas”. En cualquier caso no he encontrado datos.

Pero sí he encontrado datos de un programa muy interesante que puso en marcha el NHS británico en Inglaterra en 2008, Improving Acces to Psychological Therapies -mejorando el acceso a las terapias psicológicas- (IAPT). En 2010 el programa se amplió a niños y adolescentes.

                                                         III

El IAPT es un programa para ofrecer psicoterapia (principalmente cognitiva) en atención primaria puesto en marcha en 2008 por el economista laborista Richard Layard y el psicólogo clínico David Clark que consiguieron apoyo político para llevarlo adelante. En los 10 años que lleva en funcionamiento se calcula que ha invertido un billón de libras (billón anglosajón). El programa ha ido atendiendo cada vez a más gente. En 2014-2015 se refirieron al programa 1,3 millones de personas de los que entraron en tratamiento 815.665. En 2017 el IAPT vio a 960.000 personas pero trató a unos 560.000. El objetivo era enrolar a 10.500 terapeutas para el año 2021 aunque parece que no se han llegado a esas cifras y que los terapeutas del programa están sobrecargados de trabajo, luego hablaremos de ello.

El programa tiene dos tipos de intervenciones, una de baja intensidad y otra de alta intensidad:






Actualmente hay mucha polémica sobre la eficacia real de este programa y sobre su coste real que, según algunos es mayor del que se declara oficialmente. La línea oficial dice que mejoran el 50% de los pacientes tratados pero han salido estudios, como el de Michael Scott, que entrevistó de forma estructurada a 90 pacientes y encuentra que mejoran el 9,2%. Los interesados en el tema pueden leer este artículo de David Marks, IAPT bajo el microscopio, y tirar de la bibliografía para ver el debate.

Pero, más allá de la dudas sobre su eficacia, hay un par de datos interesantes: las ventas de antidepresivos han seguido aumentando en Inglaterra, (aquí también) y las incapacidades por depresión -o trastornos mentales en general- también. En cuanto a la tasa de suicidio os pongo la gráfica. No parece haber ningún cambio apreciable desde 2008. Venía descendiendo previamente y se estanca o repunta un poco:
     


                                                                 IV

Quiero volver, a la idea que expresaba más arriba de que nuestro estilo de vida es depresógeno o estresante o como queramos llamarlo, una idea que creo que explica buena parte de todo lo que hemos ido hablando en esta entrada. Estoy muy de acuerdo con la postura de Sami Timimi en este editorial de 2015 a propósito de la ampliación del programa IAPT a niños y adolescentes. Nuestro modelo actual asume que los trastornos mentales comunes se deben a mecanismos o procesos defectuosos de algún tipo que ocurren dentro del individuo. En esto coinciden tanto el modelo médico/psiquiátrico como el de la Terapia Cognitivo-Conductual, el más usado en el IAPT. En el modelo médico es un fallo en los transmisores y en el modelo cognitivo es un fallo en las cogniciones del individuo. Según este modelo, hay tratamientos correctos para estos trastornos -que se describen en guías como las NICE- se aplican y se solucionan los trastornos. Pero, como hemos visto, las recetas de antidepresivos no disminuyen ni lo hacen tampoco las incapacidades por enfermedad mental. Nuestro modelo actual dice que el problema está en la cabeza de la gente y no en el contexto en el que vive la gente, en el mundo de ahí afuera.

Mi experiencia personal no coincide con este modelo. Buena parte de las consultas que atendemos en un centro de salud mental son trastornos adaptativos a problemas que tiene la gente en su entorno, prioritariamente el laboral. Por ilustrarlo con un ejemplo somero sin muchos detalles, una persona que trabaja como teleoperador, en un supermercado, en la administración de un servicio de urgencias, como informático, etc. A esta persona en un determinado momento le cambian de jefe y éste (o ésta) empieza a apretarle con exigencias, cambios, presiones, etc. La angustia de la persona va en aumento y empieza a tener miedo a ir al trabajo, duerme mal, no deja de dar vueltas a su situación y en un momento dado acaba sufriendo una crisis de pánico en su puesto de trabajo con angustia, llanto, palpitaciones y el médico de primaria le da la baja.

Podemos discutir si este tipo de casos constituyen un trastorno mental o son problemas de la vida. Pero me gustaría decir dos cosas. La primera es que estos casos no son banales. En más de una ocasión la persona tiene ideas de suicidio y acaba en Internet buscando maneras de acabar con su vida. Por lo tanto, hablamos de personas atrapadas, que tienen hipotecas, hijos, y que no encuentran salida a su situación porque ven que no pueden trabajar y a la vez ven que no pueden no-trabajar…no son cosas menores sin importancia. En segundo lugar, no hay alternativas de abordaje para estos problemas “sociales”. Si acaban en psicólogos y psiquiatras es porque el sistema no tiene otras soluciones.

Voy a usar un ejemplo del propio IATP para apoyar lo que estoy diciendo. Resulta que los terapeutas del programa IAPT tienen un elevado nivel de desgaste profesional o de Síndrome del quemado (burnout). Como hemos comentado más arriba, el tratamiento del IAPT se administra en dos niveles: un nivel de baja intensidad y otro de alta intensidad. Los que administran el nivel de baja intensidad se llaman PWP (psychological wellbeing practitioners) mientras que los que administran el nivel de mayor intensidad suelen ser terapeutas cognitivos. Pues bien, los PWP tienen unas tasas de desgaste del 68,6% y los terapeutas cognitivos del 50%. Las causas son las cargas de trabajo y parece que en concreto el uso del teléfono. Los PWP usan más el teléfono para atención terapéutica que los terapeuta de alta intensidad, que sólo lo usan para dar citas.

Pero lo que me interesa de este artículo son las soluciones que proponen:
1- reducción de la carga de trabajo (menos horas) y, especialmente, reducción del uso del teléfono 
2- aumento de la supervisión clínica recibida, es decir, ofrecerles más apoyo

¿Qué tienen en común estas dos medidas? Que son medidas que afectan al mundo exterior, al entorno laboral de la persona, no a su cabeza…No se propone darles antidepresivos o que ellos mismos hagan terapia cognitiva…¿curioso, no? A mí también me gustaría disponer de este tipo de medidas con mis pacientes, poder afectar a sus condiciones laborales o a sus condiciones de vida en general. Pero esto no es posible. Y a los psicólogos les ocurre otro tanto de lo mismo. Yo puedo darles sedantes para dormir mejor, ansiolíticos y antidepresivos para que estén menos ansiosos, le den menos vueltas a sus problemas y lo lleven lo mejor posible, pero no puedo cambiar el mundo al que tiene que enfrentarse. Creo que esto explica muchos de los datos que hemos manejado en esta entrada: hemos creado una cultura competitiva que avanza a un ritmo endiablado y cada vez más gente se queda descolgada y no puede seguirlo. Los psiquiatras y psicólogos lo que hacemos en el fondo es ayudar a que la gente vuelva a ajustarse a ese mundo exterior que ha agotado sus fuerzas y tal vez lo que necesitaríamos es cambiar ese mundo exterior.

Whitaker mencionaba el artículo de Rajkumar que encuentra una relación entre los países con mejores servicios psiquiátricos y mayor tasa de suicidio. Pero los países con mejores servicios psiquiátricos son también los más ricos y, por lo tanto, los más afectados por un estilo de vida estresante. El caso es que a los centros de salud mental sigue acudiendo más gente todos los días y los datos que hemos manejado parecen indicar que más psiquiatras, psicólogos y camas no es la solución. Igual va a resultar que hay un problema ahí fuera y no en la cabeza de las personas.

@pitiklinov

















martes, 4 de septiembre de 2018


El poder es la capacidad de producir efectos deseados en las emociones y acciones de otra persona.
-David G Winter

Poder es poder hacer sufrir
-Jorge Wagensberg

En la entrada anterior veíamos, entre otras cosas, la crítica de David Island y Patrick Letellier al modelo hegemónico actualmente para concebir la violencia de pareja que es el basado en el género: el hombre es el agresor y la mujer es la víctima. Dado que este paradigma no puede acomodar la violencia en parejas homosexuales, los autores con experiencia en estas relaciones se han movido a otra posición teórica que propone que la violencia de pareja es un problema de poder, o de poder y control en su formulación más común. Por ejemplo, en este artículo introductorio a un número especial de la revista Sexualities, las autoras Catherine Donovan y Rebecca Barnes afirman que “existe un consenso entre los autores de esta edición especial en que la violencia doméstica es un asunto de poder y control”. El propósito de esta entrada es argumentar que esta explicación basada en el poder es en realidad una pseudoexplicación.

Tendríamos que empezar por una definición de poder, lo cual siempre es complicado, pero podemos tomar la de Goode, referida aquí,  que describe el poder como la capacidad de imponer la voluntad propia sobre otra persona, con o sin consentimiento o resistencia. Yo tengo más poder que tú si lo que yo hago afecta tu vida más de lo que tú haces afecta la mía. Y la forma en que se suele explicar esta teoría sería, como explican Barrientos y cols.: “la violencia en parejas del mismo sexo cuestiona el modelo teórico predominante en el entorno heterosexual que atribuye la violencia sobre la mujer a la tradicional cultura patriarcal y machista de nuestras sociedades. Parece más conveniente acudir a modelos teóricos que dan el protagonismo al poder, el control y la dominación, dentro de los cuales, una forma de dominación sería la del tipo machista. Como indica Renzetti (1992), el principal factor de tipo relacional asociado a la perpetración de violencia en parejas del mismo sexo es el desequilibro de poder existente en la pareja”.

Según MacLaughlin y Rozee, “las relaciones de poder son consideradas constantes y emanando de múltiples puntos dentro de una estructura social, como se ejemplifica en algunos análisis feministas del patriarcado. La crítica feminista postmoderna mira sobre todo a las relaciones de poder, con el género como un subcomponente de estas relaciones. En otras palabras, la opresión femenina es sólo una de las muchas posibles opresiones creadas por una red de estructuras de poder incluyendo, pero no limitándose, el racismo, el sexismo, el capitalismo, heterosexismo y homofobia. La interacción de los sistemas de género con otros sistemas de poder no significa que todas las mujeres experimenten el género como su opresión primaria; ni tampoco todas las mujeres experimentan el género de la misma manera.”

Todo esto puede sonar muy grandilocuente e impresionante pero, a mi modo de ver, tiene los pies de barro. Aunque la cosa puede resultar más confusa porque también se le puede dar la vuelta a esta formulación basada en el poder y el control, para plantear como causa de la violencia precisamente la falta de poder,  como hace Babcock (1993), que sugiere -hablando de las parejas heterosexuales- que cuando el marido está en una posición menos poderosa que su esposa, tiene una historia de violencia física, y posee unas pobres capacidades de comunicación, el único método efectivo que el perpetrador puede tener para imponer su posición dominante podría ser la agresión física. Así que parece que tanto el poder como la falta o la búsqueda de poder pueden ser causa de la violencia.

Pero es una obviedad que la persona que es agresiva o violenta con otra es porque puede. Si no tiene la capacidad física de agredir a esa persona es evidente que no es posible la agresión. El animal o la persona que vence a otra en una pelea o que se impone a otra es porque puede. Si un ladrón roba a una persona -o roba un banco- es también porque tiene el poder de hacerlo. Pero muchos hombres tienen el poder o la capacidad de agredir a sus esposas, porque son en general más grandes y más fuertes, pero no lo hacen. También muchas mujeres tienen el poder de agredir a sus maridos con un arma o cuando duermen y tampoco lo hacen. De la misma manera, todos los padres y madres tienen la capacidad de agredir a sus hijos (un bebé o un niño pequeño está absolutamente indefenso) pero tampoco la mayoría lo hace. Asimismo, la mayoría de adultos puede agredir a las personas mayores en edad pero sólo una minoría lo hace. 

Thomas Joiner tiene un modelo para explicar el suicidio, la agresión contra uno mismo, que también podríamos aplicar a la agresión y violencia contra los demás y al homicidio. Joiner dice que hay que tener en cuenta dos elementos para explicar el suicidio:
  1. el individuo tiene que poder suicidarse, tener la capacidad para auto lesionarse de forma letal
  2. el individuo tiene que querer suicidarse. Entre las razones para querer suicidarse Joiner destaca el sentimiento de ser una carga para los demás y el sentimiento de no pertenecer a nada ni a nadie.
En estas explicaciones de la violencia basadas en el poder falta la segunda parte. Podemos conceder que el poder es una condición necesaria para la existencia de la violencia pero no suficiente, nos hace falta algo más. La gente se mueve por intereses y por razones y las personas no hacen todo aquello que hipotéticamente podrían hacer, por la sencilla razón de que no tienen interés en hacerlo o razones para ello. La mayoría de las personas persiguen su objetivo de conseguir dinero trabajando, estudiando y por medios no violentos. La mayoría de personas influye en los demás con amor, compromiso, negociación, creatividad, regalos y no con el uso de la agresión, la fuerza o la intimidación.

Así que a la hora de explicar un infanticidio, por ejemplo, decir que la causa del infanticidio está en una dinámica de poder no nos aporta mucho, y no veo que esa explicación tenga valor para otros tipos de violencia. No nos explica nada y no nos proporciona herramientas para actuar y prevenir porque no hay manera (por ahora) de hacer que un bebé o un anciano se encuentren en un equilibrio de poder con un adulto. Nunca dos personas van a tener exactamente el mismo poder a no ser que las produzcamos como androides en una cadena de montaje. 

El siempre genial Scott Alexander tiene una increíble entrada en su blog Slate Star Codex muy larga y muy recomendable pero me quiero referir aquí a una metáfora que utiliza en una parte de esa entrada (tenéis toda la entrada traducida al castellano aquí). Se trata del “asesinismo” (murderism) algo que por supuesto no existe en este universo (tal vez en un universo alternativo) pero que Scott utiliza como experimento mental para ayudarnos a pensar (las negritas son mías):

Asesinismo es la ideología que consiste en que matar gente es bueno y dejar a la gente vivir es malo. Es prácticamente omnipresente: 14.000 personas son asesinadas en USA cada año. Esto indica que hay un montón de asesinistas y es un testimonio del grado en que nuestras escuelas enseñan valores asesinistas. 

Pero no todo el asesinamos es tan obvio. Durante años la gente ha estado apoyando políticas “blandas con el crimen” que reducen fondos para la policía y reducen la longitud de las condenas de cárcel aumentando inevitablemente la tasa de asesinatos. Defensores de estas políticas podrían pensar que como no son gánsters con cuchillos no son asesinos. Pero cualquiera que apoya el asesinato, sea un gánster con cuchillo o un analista político, es asesinista y responsable de los efectos de su asesinismo. 

Nuestros dos principales partidos tienen muchas diferencias pero ambos están unidos en su apoyo al asesinismo. Los republicanos apoyan políticas asesinistas como la invasión de Irak, que causó el asesinato de miles de iraquíes. Los demócratas dicen ser mejores pero apoyan ideas asesinistas como la eutanasia promoviendo la muerte de nuestros mayores y más vulnerables ciudadanos. No hay ningún partido en Washington dispuesto a mirarse a sí mismo y desafiar los ideales asesinistas sobre los que nuestro sistema político está construido. 

El asesinismo no acabará hasta que la gente no comprenda que no está bien ser asesinista. Por lo que la próxima vez que oigas a la gente oponerse a la militarización de la policía o hablando a favor de la eutanasia, diles que eso es asesinismo y que está mal.

…De acuerdo, es suficiente. De vuelta en nuestro universo nos damos cuenta de que el asesinismo es estúpido: confunde causa con consecuencia.

El asesinato es usualmente el efecto de una estrategia perseguida por otras razones. El traficante de drogas que quiere mantener a los rivales fuera de su territorio, el soldado que quiere ganar en la guerra, el gánster que quiere librarse de un testigo inconveniente. Si quieres estirarlo un poco, pon el neocon que quiere “liberar” países extranjeros, el paciente con cáncer que quiere “morir con dignidad”, o el activista que quiere que la gente salga de la cárcel.

Pero excepto quizás en el caso de los más desviados asesinos en serie nunca es realizado por una inherente preferencia por el asesinato. La mayoría de asesinos preferirían probablemente no tener que matar. Si el traficante de drogas pudiera proteger su negocio igualmente bien pidiendo educadamente a la gente que se mantenga fuera de su territorio, esto sería mucho más fácil. Si el soldado pudiera ganar la guerra sin derramamiento de sangre, mucho mejor para todos. El asesinato es el efecto de otros fines -a veces básicos, a veces nobles- y la invocación al asesinismo sólo sirve para esconder esos fines y combinar diferentes acciones en una única categoría sin sentido.

Hablar de asesinismo no sólo no da ninguna información sino que confunde. Si creyeras que los gánsters matan a sus rivales por asesinismo entonces no tiene sentido analizar cómo la pobreza interacciona con pertenecer a una banda o si la ruptura de la ley fuerza a la gente a formar bandas para defenderse. El problema es sólo que los gánsters tienen valores asesinistas.”

Hasta aquí lo que dice Scott sobre el asesinismo que yo creo que es muy aplicable a nuestro análisis del poder (y a muchas otras ideologías acabadas en -ismo). Yo observo el mismo racionamiento circular en los dos casos:

1- Vemos a una pareja de gays o lesbianas donde hay violencia
2- La causa es un diferencial de poder
3-¿Qué prueba tienes de que la causa es un diferencial de poder?
4- Caramba, no ves que uno le está pegando al otro, ése es el que tiene el poder…

1- Vemos que una persona mata a otra
2- La causa es el asesinismo
3- ¿Qué prueba tienes de que la causa es el asesinismo?
4- Caramba, no ves que ha habido un asesinato…¿qué más pruebas necesitas?

En ambos casos no se analiza nada más, no se va a buscar razones, no se descompone el poder o el asesinismo en posibles subcomponentes, no se mira si hay algo más debajo. Esto no sería un problema si tuviéramos una definición operativa del poder, si pudiéramos medirlo y eso nos permitiera predecir. Pero no es el caso. Cuando observamos la consecuencia la tomamos por causa. Caso cerrado.

Y esto nos lleva a una serie de preguntas: ¿Poder para qué? ¿Por qué es tan importante para la mayoría de las personas encontrar y mantener una pareja? ¿Por qué toda persona -sea del sexo, orientación sexual o identidad sexual que sea- quiere controlar, conocer lo que hace su pareja y se pone celosa si su pareja dedica tiempo y cariño a otras personas? ¿Por qué la mayor parte del deseo humano de control se centra en el mundo social, el poder interpersonal, influir en la gente, mantener o dejar relaciones? ¿Por qué para conseguir ese control algunas personas utilizan la agresión y la violencia?¿Cuáles son las razones para querer poder? ¿Cuáles son los objetivos que  buscan las personas con la agresión y la violencia?

Tal vez investigando las respuestas a estas preguntas podamos entender mejor la violencia de pareja y la violencia familiar en general. Y dado que este es un blog de inspiración evolucionista deberíamos tener en cuenta que la agresión, la violencia, el poder y el control ya estaban inventados antes de que los seres humanos apareciéramos sobre la faz de la Tierra. Pero a pesar de que han pasado más de 150 años desde el Origen de las Especies los humanos seguimos pensando que todo empezó cuando aparecimos nosotros, que somos el origen, el fin y la medida de todas las cosas.

@pitiklinov



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