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jueves, 28 de septiembre de 2017

Libre albedrío y necesidad de castigar

Volvemos de nuevo al eterno tema del libre albedrío, pero en este caso de una manera indirecta. No vamos a entrar en el debate filosófico de si existe o no existe sino de cuál puede ser su función u origen. En un reciente artículo, Clark y cols. proponen que el libre albedrío sirve para justificar los impulsos a castigar al hacer a los que infringen las normas moralmente responsables, y así justificamos su castigo sin sufrir el estrés que hacer daño a un semejante implica.

Castigar es a menudo aversivo porque es hacer daño a una persona y hay una norma moral universal que dice que hacer daño a los demás está mal. Hay datos de que tenemos una aversión innata a hacer daño a un semejante y que hacer daño, o simplemente pensar en ello, produce reacciones negativas fisiológicas y emocionales. Incluso los nazis tuvieron que buscar estrategias para conseguir superar la empatía innata que despierta en nosotros el sufrimiento humano. Los soldados que participaban en los asesinatos de judíos sufrían ansiedad grave, pesadillas, trastornos gastrointestinales, etc. y las autoridades recurrían a estrategias como administrarles alcohol. Posteriormente se buscaron mecanismos que pusieran distancia entre el verdugo y la víctima para que los asesinatos fueran más fáciles de llevar a cabo. Hay también testimonios de cómo incluso en las guerras a los soldados les costaba disparar contra el enemigo. Es muy famosa la anécdota que cuenta George Orwell de la guerra civil española en la que en una ocasión descubrió a un enemigo subiéndose los pantalones después de hacer sus necesidades y que no fue capaz de disparar porque no pudo ver en él a un fascista sino a una criatura semejante a él mismo.

En el caso del castigo, que es una forma de daño, nos encontramos con una situación de ambivalencia. Por un lado, es absolutamente necesario para la supervivencia de una sociedad que  castigue a los individuos que se saltan las normas y en este caso la sociedad invalida esa norma universal que comentábamos de no hacer daño al prójimo. El castigo es un daño justificado moralmente por lo que podríamos pensar que no produce reacciones aversivas, pero esto no es así. Por un lado, es verdad que se dice que “la venganza es dulce” y que castigar a alguien que ha hecho algo malo activa el circuito de recompensa del cerebro, es decir, que produce placer. Pero también es cierto que aunque teóricamente sepamos que hay que castigar, hacerlo cara a cara no resulta fácil. Sabemos que personas que han participado en un jurado que ha sentenciado a muerte al acusado sufren pesadillas y problemas emocionales que duran meses. Verdugos que han realizado ese trabajo en nombre de la sociedad también tienen con frecuencia problemas mentales. Castigar a otros se ha asociado a depresión, estrés y menor satisfacción con la vida. Por lo tanto, el castigo supone un dilema que hay que solucionar.

Los autores del artículo lo que plantean es que hay que hacer el castigo más aceptable y que el libre albedrío sirve precisamente para eso, para facilitar el castigo y para aliviar el malestar que produciría hacer daño a otro ser humano. A pesar de que filósofos y psicólogos llevan siglos sin ponerse de acuerdo, la gente de la calle lo tiene muy claro: el libre albedrío existe. ¿Por qué la gente normal está de acuerdo y tiene resuelto el debate filosófico más complicado de todos los tiempos? Clark y cols. proponen que una de las causas de ese consenso es la necesidad de castigar. Para poder castigar tiene que estar justificado hacerlo y es de sentido común que no se puede castigar a la gente por cosas de las que no son responsables, por conductas que no han elegido libremente. A los niños o a enfermos mentales no se les considera responsables y si no creyéramos en el libre albedrío habría que extender esa inocencia a todo el mundo. La creencia en el libre albedrío permite ver a los demás como responsables de sus acciones. Por eso decíamos más arriba que castigar puede producir placer pero para ello tiene que estar justificado  y en ese caso sí puede producir una gran satisfacción.

En el artículo que comentamos los autores realizan cinco experimentos en los que no vamos a entrar. Algunos de ellos son sólo correlacionales y otros son experimentos de laboratorio en los que utilizan un juego económico en los que alguien hace algo injusto pero se manipula el grado de libertad o intencionalidad con el que lo hace. Resumiendo, lo que se observa es que la gente sufre malestar y ansiedad cuando castiga pero sólo si  el agredido no eligió libremente su acción. Cuando de diversas maneras se aumenta la creencia en el libre albedrío se disminuye el malestar que produce castigar.

Si los resultados de este estudio son ciertos parece que podría tener razón Nietzsche que fue el primero en avanzar esta hipótesis como vemos en la figura. Desde el punto de vista evolutivo, estos resultados sugieren que los humanos han podido desarrollar una propensión para creer en el libre albedrío porque permite a la gente superar la aversión a hacer daño a la hora de castigar, siendo el castigo una necesidad de los grupos humanos. En otras palabras, la gente que creyó en el libre albedrío tenía más deseos de castigar a los demás y esto impidió que los delitos y el desorden se extendieran por el grupo. Los grupos en los que no se creyó en el libro albedrío habrían tenido un menor éxito reproductivo y habrían desaparecido.

@pitiklinov

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