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domingo, 8 de octubre de 2017

La Paradoja Sexual

El caso Damore ha vuelto a poner sobre la mesa el tema de los hombres, las mujeres, el trabajo y la igualdad de preferencias e intereses de unos y otros. Hay un libro que trató este asunto hace casi diez años y que dice cosas muy interesantes pero que son cosas que muchas feministas no quieren oír y por ello no ha tenido mucha repercusión: La Paradoja Sexual, de Susan Pinker. 

La tesis central del libro es que, según el feminismo, el hombre es el estándar y la mujer es una variación de ese modelo con añadidos por aquí y por allá. Se supone que no debe haber diferencias de ningún tipo entre los dos sexos y si las hay tienen que ser por discriminación y por barreras. Los hombres son el modelo a imitar y sólo habrá igualdad cuando las mujeres elijan lo mismo que los hombres. La paradoja es que, aunque se están eliminando las barreras, las mujeres (las que tienen más talento y libertad de elección) no están eligiendo lo mismo que los hombres y no se están comportando como clones de los hombres. Lo que Pinker hace en el libro es estudiar la ciencia sobre las diferencias entre hombres y mujeres y hablar con las mujeres que están tomando las decisiones que no se esperan de ellas. También aborda otros temas en el libro, por ejemplo hace un seguimiento a hombres con autismo, dislexia o trastorno por déficit de atención -a algunos de los cuales ella misma atendió como psicóloga- y luego estudia cómo les ha ido en la vida, pero no voy a tratar esa parte.

El tema de las mujeres altamente cualificadas que abandonaban sus carreras por otros trabajos menos exigentes salió a la luz en EEUU en un artículo de Lisa Belkin en el New York Times en 2003 y creó bastante revuelo. Es 2,8 veces más frecuente que las mujeres dejen carreras de ciencia e ingeniería para pasar a otras ocupaciones que los hombres y 13 veces más probable que salgan del mercado laboral por completo. Y hay que tener en cuenta que las mujeres que se dedican a carreras de informática e ingeniería ganan un 30-50% más que las mujeres que eligen otras carreras. La explicación de que no hay roles de mujeres que sirvan de modelo en estas carreras no suena muy convincente porque tampoco los había en otras carreras como derecho, medicina, farmacia o veterinaria, que eran previamente disciplinas dominadas por hombres, y eso no ha impedido que las mujeres se metieran en ellas y sean mayoría ahora mismo. 

El problema actualmente no es que se les inculquen roles tradicionales a las mujeres sino más bien al contrario: que mujeres que prefieren carreras de humanidades están eligiendo ciencia para no decepcionar a los suyos. Pinker ha hablado con muchas de estas mujeres y la historia que ellas cuentan no es una historia de discriminación y de barreras. La mayoría de ellas eran mujeres con talento para las matemáticas y la ciencia y fueron animadas por sus familias y profesores a dedicarse a las ingenierías y ordenadores, cuando algunas de ellas tenían otras preferencias como enfermería. Y las mujeres que escogen carreras de ciencia las abandona el doble que los hombres. Lo que todas ellas tienen en común es que no quieren correr detrás del estatus y del dinero, que no quieren conquistar el mundo y que quieren tener una vida, que el trabajo es solo trabajo. Se suele distinguir entre objetivos intrínsecos y extrínsecos. Los extrínsecos son el poder y el dinero y los intrínsecos es trabajar en algo acorde con los intereses personales, trabajar en algo que tenga una función social, etc., y las mujeres se mueven más por recompensas intrínsecas. Y se está comprobando en todo el mundo que en los países en los que las mujeres tienen más opciones para elegir, hombres y mujeres no están eligiendo lo mismo.

Tomemos el mundo académico. Hablamos de trabajar 60 horas a la semana durante 40 años. Las mueres académicas son las que tienen la tasa más baja de fertilidad de todas las profesiones. Sólo una de cada tres mujeres que consigue una plaza fija de profesor universitario (tenure) antes de tener hijos llega a tenerlos. Las mujeres que son contratadas poco después de acabar el doctorado tienen un 50% menos probabilidades de casarse que los hombres y un 61% más de no tener hijos. Las que abandonan esta carrera lo hacen porque es incompatible con la vida familiar. Tener la capacidad de hacer un trabajo no quiere decir que la persona quiera hacerlo. Los intereses y las motivaciones cuentan. Las mujeres prefieren trabajar con personas y seres vivos y quieren ayudar a otras personas y quieren compatibilizar el trabajo con otros intereses como la estabilidad familiar y los amigos. Muchas mujeres derivan su felicidad y sentido del propio valor de más cosas que su carrera.

Tomemos la abogacía. Para que nos hagamos una idea en la abogacía norteamericana hay un dicho que es: “o duermes o ganas”. Es decir, en el mundo de las leyes no hay horas de trabajo, hay que estar disponía 24/7 para dar un servicio a los clientes y atender sus necesidades. Y si tu empresa no lo hace lo van a hacer los competidores. Pinker habla con una abogada que cobraba del orden de 800.000$ anuales  y que cambió de trabajo. Sus jefes estaban escandalizados y decepcionados como muchos jefes de mujeres en carreras de ciencias o en altos cargos. Cuenta el caso de otra mujer a la que le propusieron ser CEO de la empresa y no aceptó. Las empresas quieren tener más paridad en puestos altos y la presionaron pero ella no aceptó. Pero volviendo a las leyes. Las firmas de élite contratan más mujeres que hombres pero al de diez años sólo un 25% son mujeres. Abandonan un 60% más que los hombres. En Canadá un 60% de los estudiantes de derecho son mujeres pero luego sólo el 26% de los abogados en práctica privada son mujeres, y la cifra es similar en Reino Unido. Como dice una de las entrevistadas: “si estás seriamente interesada en una carrera no tienes tiempo par los niños y si estás interesada en criar más de un hijo no tienes el tiempo, ni el esfuerzo, ni la imaginación para llegar a la cima de la carrera”. La mitad de las mujeres en los niveles profesionales altos y de gestión no tienen hijos. Una mujer que ha llegado a la cima dice: “no hay manera de que lo hubiera podido conseguir si hubiera tenido hijos. La realidad es que los hijos son un proyecto de veinte años y la carrera es un proyecto de 20-40 años y son incompatibles”.

Pero hay una cosa absolutamente sintomática de cómo está nuestra sociedad y cuál es nuestro sistema de valores. Todas las mujeres que hablan con Pinker aparecen con pseudónimo en el libro…dicen cosas muy sensatas pero se tienen que esconder detrás del anonimato para decirlas y eso nos debería hacer reflexionar. Carolina (una de las abogadas) cuenta que salía de casa antes de que se levantara su hijo y volvía a casa después de las 18:00. Se sentía como los padres de los años 50 que tenían el tiempo justo de jugar 15 minutos con sus hijos antes de que estos se acostaran, y siente que se está perdiendo el peserollo de sus hijos y que no lo va a recuperar: “nadie me preguntó si quería ser el padre”, dice. Carolina cambió su trabajo por otro en el sistema público que le dejaba más tiempo libre para estar con sus hijos y también porque trabajaba en proyectos que reflejaban mejor sus valores. Hay estadísticas que reflejan que muchas abogadas migran a trabajos peor pagados pero mas relacionados con la justicia social. Hay datos de que las mujeres encuentran  los aspectos sociales de su trabajo más importantes que los hombres mientras que estos persiguen fundamentalmente el dinero. Se da así la paradoja de que en muchos países las mujeres ganan menos que los hombres pero están más satisfechas con sus trabajos (y hay datos de que cuanto más aumenta la igualdad menos felices son las mujeres). Las mujeres optan por trabajos menos extremos pero que ofrecen la oportunidad de tener un impacto social. 

Hay un aspecto que sí quiero comentar. El libro aporta toneladas de datos de que son las propias preferencias de las mujeres y no la discriminación (aunque pueda existir puntualmente) la causa de las diferente elecciones de hombres y mujeres. Entre otra pruebas, Pinker comenta la experiencia de los kibutz de Israel, de la que ya hemos hablado aquí. Pero ante estas pruebas se suele contestar que las elecciones de las mujeres no son libres, que se deben a un “lavado de cerebro”, a la educación y a la imposición de unos valores. Por un lado, el lavado de cerebro va ahora en la otra dirección, hay programas y libros en los colegios promocionando carreras de ciencias para las chicas. La National Science Foundation dedica 30 millones de dólares a programas educativos en ciencia , matemáticas y tecnología. A finales de los 90 el Congreso USA pasó una ley para investigar el tema de las mujeres en ciencia e ingenierías y universidades como Harvard dedican fondos de 50 millones de dólares y más a este mismo propósito. Hay que decir que no existe un esfuerzo parecido para ocuparse del fracaso escolar de los chicos, para igualar las licenciaturas y doctorados en la universidad que están ahora dominadas por las mujeres ni programas para que haya más hombres en enfermería, psicología o farmacia.

Aparte de esto, pensar que las mujeres no saben lo que quieren o que no tienen la capacidad de determinar su propio destino y que si no estuvieran cegadas por normas culturales elegirían trabajar 14 horas al día a pesar de tener hijos pequeños es una forma de infantilizar a las mujeres. El problema es que sólo una elección es la buena ¿y cuál es la opción buena? la que eligen los hombres, obviamente. ¿Y cuando serán libres las mujeres realmente? Cuando elijan lo mismo que los hombres, obviamente…

Pero es que si miramos el tema con un poco de sensatez veremos que, en el fondo, el problema no es un problema de género sino un problema de sistema laboral y de valores. Tenemos un modelo de trabajo que podemos llamar “modelo tiburón” que dice que tenemos que vivir para trabajar y hay otro modelo que consiste en trabajar para vivir, en que es bueno tener una vida… Tal vez lo que está mal no son las elecciones que están haciendo las mujeres sino el sistema de valores en el que vivimos inmersos tanto hombres como mujeres y que no es bueno para ninguno de los dos. También muchos hombres abandonan ese modelo buscando trabajos que les permitan tener una vida.

Sí, ya sé que valorar la maternidad, la familia y los amigos pone en guardia al feminismo y levanta las sospechas de que podamos volver a lo de antes, a que la mujer debe quedarse en casa y cuidar a los niños. Ante esto mi posición es que creo que tenemos que dejar de pelear la “guerra de ayer”. Esa guerra ya está ganada. Yo no conozco a nadie que eduque a sus hijas diciéndoles que no estudien y que se dediquen a buscar un marido y a quedarse en casa. Creo que es hora ya de que luchemos la guerra de hoy (y la de mañana) y que busquemos un mundo laboral menos loco y más sano para todos porque el que tenemos actualmente no es bueno para nadie.

@pitiklinov















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