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domingo, 11 de febrero de 2018

¡Silencio, se acusa!


La ciencia está convencida de que debe buscar la verdad, la religión está convencida de que ya la tiene.
-Jorge Wagensberg 
Para saber quién gobierna sobre ti simplemente investiga a quién no te esté permitido criticar”
- Voltaire

El miércoles se suicidó Jill Messick que había sido la representante de la actriz Rose McGowan, la cual fue la primera mujer que denunció a Harvey Weinstein, al que acusó de haberla violado. Parece que McGowan también había dicho que los representantes de actores formaban parte de la estructura que silenciaba los casos de agresión sexual en Hollywood. Messick, según las noticias de prensa, padecía depresiones y tal vez Trastorno Bipolar así que no podemos hacer atribuciones causales directas pero, según manifiesta la familia y es lógico suponer, todo el escándalo alrededor de su caso y el efecto sobre su reputación no ha sido seguramente beneficioso para su estado psíquico. Este suicidio no es el primero en relación a denuncias de abusos sexuales. El legislador de Kentucky Dan Johnson hizo lo mismo y también el miembro del parlamento de Gales Carl Sargeant que se ahorcó cuatro días después de haber sido destituido por el partido laborista de su puesto en base a unas acusaciones que no llegaron a comunicarle del todo y de las que no pudo defenderse, según su familia. Ya he hablado en entradas anteriores del enorme poder del cotilleo por su capacidad para destruir la reputación de una persona, provocar su muerte social y, como vemos, también su muerte física.  

El movimiento #MeToo ha servido para denunciar situaciones de acoso sexual que soportan en la vida diaria y en su trabajo muchas mujeres. En muchos casos no se les ha tomado en serio por parte de la policía cuando han denunciado acoso o amenazas y no han recibido el apoyo y la ayuda necesaria. Muchos hombres en situación de poder han actuado también de forma depravada y con impunidad dado su estatus e influencia, como hemos visto en los casos que han ido saliendo a la luz. Esta movilización de masas está planteando que no debemos tolerar cosas que han sido toleradas durante mucho tiempo y que las leyes que tenemos tanto a nivel laboral como en la vida diaria son insuficientes o necesitan ser mejoradas. Denunciar este estado de cosas es un paso para conseguir una sociedad más justa y un mejor entendimiento entre hombres y mujeres.

Pero hay bastante gente que opina que el movimiento #MeToo ha ido demasiado lejos, por ejemplo la periodista Claire Berlinski que escribió un influyente artículo en The American Interest sobre este asunto, o mucha otra gente tras el caso de Aziz Ansari o el grupo de actrices e intelectuales alrededor de la actriz Catherine Deneuve. Una de las cosas que se dice en el manifiesto de Catherine Deneuve es que no hay que equiparar el acoso sexual con acciones que, por lo menos hasta ahora, han sido propias del cortejo y la seducción.

Claire Berlinski señala dos problemas que tenemos en la situación en la que nos encontramos ahora. El primer problema es que un delito con un castigo tan grave, como es el acoso sexual, debería estar bien definido, y no lo está (no hablo de los casos más claros, como el de Weinstein). Lo que aparece en casos de la zona intermedia es una conducta sexual, o que podría ser sexual, sea de palabra, obra o incluso de expresión facial, seguida de una descripción de las emociones negativas que sintió la mujer: se sintió ofendida, se quedó congelada, o algo similar. Esto, para Berlinski, es insuficiente. Un concepto que se está usando mucho es el de “avance no deseado”. Pero, ¿cómo se sabe si un avance (un beso, una invitación a tomar algo en el apartamento, etc.), es deseado o no deseado si no se hace? Todas las novelas y películas de amor giran alrededor de esa ambivalencia en el cortejo y esa indefinición y la línea no está clara. Si fuera tan fácil leer la mente de la otra persona nada de esto existiría, pero igual ha llegado la época de que el cortejo se debe hacer, como las transacciones de banco, con contratos y firmas.

El segundo problema es que los hombres acusados de acoso están absolutamente indefensos, no tienen ninguna manera de demostrar su inocencia, sencillamente no la hay (bueno, tampoco Jill Messick ha encontrado una manera de lavar su reputación). Cualquier mujer puede destruir la reputación, la carrera y la vida de un hombre con sus declaraciones. Y no hay tribunal al que apelar. La vieja presunción de inocencia ha desaparecido y en su lugar se está siguiendo la regla: “ha sido acusado, luego es culpable”. Ya están surgiendo mecanismos de defensa contra esta situación como la famosa regla de Mike Pence, que parece que es original del pastor evangélico Billy Graham,  de no estar nunca a solas con una mujer, y muchos profesores o jefes están evitando ser tutores de mujeres para no meterse en líos. 

Yo no sé si Woody Allen es culpable de abusar de su hija adoptiva cuando tenia siete años pero desde luego sí sé que prefiero que esto lo decida un juez a que lo decida Oprah Winfrey y sus amigas en un programa de televisión, o a que lo decida Twitter. Tal vez un pequeño grupo de feministas radicales esté satisfecho con la situación actual pero yo creo que la mayoría de la gente -tanto hombres como mujeres- que queremos vivir en una sociedad civilizada preferimos el imperio de la ley y utilizar el sistema de justicia antes que los linchamientos al estilo medieval, donde pueden pagar el pato personas inocentes.

Así que parece que estamos en una época en la que se necesita redefinir las interacciones entre hombres y mujeres, y tenemos la oportunidad de hacer una reforma en la que hombres y mujeres estemos unidos y consigamos que se trate al otro con dignidad y respeto. Pero también corremos el riesgo de crear nuevas injusticias al intentar corregir las viejas. Necesitamos ya pasar de esta fase en la que se está utilizando una metodología medieval de caza de brujas, a un nuevo acuerdo social con garantías legales. Necesitamos un debate a fondo sobre esta cuestión para llegar a acuerdos y soluciones, pero aquí nos encontramos con otro problema muy gordo, a saber, que en esta sociedad no hay libertad para debatir ciertos temas, y este es uno de ellos. Sencillamente, la gente tiene miedo a hablar de este asunto y no se puede debatir en estas circunstancias. Belinski cuenta en su artículo que sus amigos le decían que no publicara sobre ello. A Matt Damon se le ha criticado por decir que hay matices y graduaciones y ahora se están recogiendo firmas para que no aparezca en su próxima película, simplemente por opinar. A James Damore le echaron de Google por lo mismo. A cualquiera que se atreva a hablar y a introducir matices se le aplica la falacia blanco/negro o del falso dilema: o estás por completo conmigo o estás contra mí, o aceptas lo que digo o estás justificando el acoso y eres un nazi o un machista. Es lo que le ha pasado da Matt Damon, como decíamos, que ha sido insultado y demonizado o a Margaret Atwood, la autora de el Cuento de la Criada, por pedir un procedimiento justo en el caso de un profesor de la Universidad de la Columbia Británica.

¿Y a quién se tiene miedo? La respuesta es muy clara: al feminismo radical o como queramos llamarlo (de género, postmoderno…). Como dice Voltaire, para saber quién manda tienes que fijarte en quién no puedes criticar. ¿Se puede criticar al feminismo radical? Pues no…luego está claro quién manda. Vivimos en una sociedad donde hay un grupo de gente que ya sabe cuál es la verdad, como dice Wagensberg en su cita, y no hay nada que hablar ni dialogar ni discutir. Como dice Margaret Atwood: “en tiempos de extremos los extremistas ganan. Su ideología se convierte en religión y cualquiera que no sigue sus puntos de vista es considerado un apóstata, hereje o traidor y los moderados en el medio son aniquilados”.

¿Y por qué es un problema muy gordo la ausencia de libertad de expresión? Pues porque la libertad de expresión es la herramienta que tenemos para resolver otros problemas y, si no podemos utilizarla, nunca vamos a poder resolverlos. Hay una relación muy directa entre libertad de expresión y democracia que viene ya desde Pericles: “nuestra constitución se llama democracia porque el poder no está en las manos de una minoría sino de toda la gente”(aunque ya sabemos que no todo el mundo podía votar en la Atenas clásica) ”Nosotros los atenienses tomamos las decisiones sobre política o las sometemos a discusiones apropiadas…la peor cosa es lanzarse a la acción sin que las consecuencias hayan sido debatidas adecuadamente”. Como decía J.S. Mill cuando alguien prohibe la opinión de los demás está asumiendo su propia infalibilidad y sustrayendo al debate opiniones que pueden ser verdad. Es otra característica medieval de nuestra época: que existe una Iglesia que nos dice lo que tenemos que hacer y pobre del Galileo que se atreva a cuestionar si la Tierra es el centro del universo. 

También decía Mill que el objetivo de la libertad de expresión es interrogar a nuestras normas desde todos los ángulos posibles para exponer cualquier idea errónea que pudiera estar oculta. Si no luchamos para cambiar este estado de cosas, tendremos que seguir viviendo en el dogma, en el miedo y en el silencio, algo que creíamos que no era propio de sociedades democráticas.

@pitiklinov


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