Los peligros de la Moralidad

Los que seguís este blog ya sabéis que todo lo relativo a la moral, y a la evolución de la moral especialmente, es uno de sus hilos conductores. Y algo que ha ido apareciendo repetidamente es la idea de que la moral es un arma de doble filo, que tiene aspectos positivos y negativos, una idea que contrasta con la visión más extendida que consiste en pensar que ser moral es siempre algo bueno. Aquí voy a volver sobre el “lado oscuro” o los “efectos secundarios” de esa adaptación humana que es la moralidad.

La definición de moralidad que voy a manejar es la capacidad humana -instinto, incluso-  de ver valores en el mundo, en las acciones o en las personas, es decir, la capacidad de considerar que existen cosas que son buenas y cosas que son malas ahí fuera. Y voy a entender la moralidad humana desde el punto de vista de la psicología evolucionista como una tecnología social que sirve para favorecer la coordinación de los grupos humanos. Creo que hay un consenso bastante amplio entre los autores en esta visión de la moralidad como una tecnología para la cooperación aunque pueda haber diferencias y matices entre ellos. Si cualquiera hiciera lo que le da la gana la vida social no sería posible. El mayor representante de esta forma de entender la moralidad puede ser Oliver Scott Curry y su reciente trabajo en 60 culturas donde encuentra 7 normas básicas morales que se cumplen en toda ellas, pero otros autores como Jonathan Haidt o Josuah Greene  comparten en líneas generales el origen evolucionista de la moral.

Bien, después de las definiciones vamos al grano: ¿Por qué es mala la moralidad? Pues voy a dar algunas razones, por lo menos tres.

1- Cuando un problema o un conflicto se convierte en moral es más difícil resolverlo, llegar a acuerdos o compromisos. 

Hay un ingrediente de la moral que es la obligatoriedad, y la universalidad, que hace muy complicado ponernos de acuerdo en un problema moral. Si yo creo que llevar minifalda es malo moralmente, no me voy a limitar a no llevar minifalda yo sino que voy a impedir que tú lleves minifalda. Así que ya nos hacemos una idea de la gravedad del problema. Esto tiene toda la lógica del mundo. Si yo creo que matar es malo no puedo tomar la postura de que yo no voy a matar pero que el que quiera que mate…si yo creo que abortar es acabar con la vida de una persona pues no me voy a limitar a no abortar yo sino que voy a tratar de impedir que nadie aborte. Es precisamente por ser un problema moral que el problema del aborto sigue con nosotros.

Si yo creo que estoy en posesión de la verdad moral, me veo legitimado -es más, obligado, con el deber- de recortar las acciones de los demás…sus derechos y libertades. Desde el momento en que estoy en posesión de la verdad tengo la superioridad moral y la superioridad moral me autoriza a imponer cosas a los demás. El problema es que diferentes personas o grupos creen estar en posesión de la verdad y con el derecho y la autoridad para imponerse a los demás …

Esta característica de la moral es letal cuando se introduce en campos como la política o la ciencia. Vamos a verlo. Es letal para la democracia. Se supone que en un régimen democrático existen diferentes visiones de la realidad, todas ellas legítimas, y que votamos o elegimos entre ellas. La democracia implícitamente asume que yo puedo no tener razón y que otras personas tienen visiones o ideas que pueden aportar a la convivencia y la vida social. Pero si moralizamos la política (y no hace falta que diga que eso está ocurriendo en todo el mundo occidental) entonces ya estamos votando entre unas opciones que son las “buenas” moralmente y otras que son “malas” y es evidente, por la regla de la obligatoriedad que explicaba antes, que con las opciones malas no puedo entenderme ni llegar a acuerdos de ninguna manera. La acción política queda bloqueada. Pensar que hay una opción “buena” y otra “mala” es herir de muerte la democracia, es decir, si ya sabemos cuál es la opción buena y la que tiene que gobernar, pues nos sobra la democracia, sólo necesitamos un partido, el de los buenos…La democracia requiere una humildad epistemológica que no es compatible con la superioridad moral que genera la moralización de los asuntos.
A propósito de esto que estamos tratando, voy a citar al sociólogo Niklas Luhmann en su charla con motivo de la concesión del premio Hegel de 1988, Paradigm Lost: on the ethical reflection of morality:

“Sobre todo debe ser concedido que ninguno de los sistemas funcionales pueden ser integrados en el sistema social por medio de la moralidad. Los sistemas funcionales deben su autonomía a sus funciones individuales, pero también a su código binario individual, por ejemplo la distinción entre verdadero y falso en el sistema científico o la distinción entre gobierno y oposición en el sistema político democrático. En ningún caso los dos valores de estos códigos pueden hacerse congruentes con los dos valores del código de la moralidad. No queremos que el gobierno sea declarado bueno y la oposición estructuralmente mala o, peor, el mal. Esto seria la sentencia de muerte para la democracia”.

Si mi discurso es la verdad y el discurso de mi oponente es un discurso de odio, si mi oponente es Hitler, evidentemente, no hay acuerdo posible, y parece que últimamente todos los adversarios son Hitler o algo peor. Si con respecto al cambio climático dividimos las posturas en destructores del planeta y en protectores del planeta no hay acuerdo posible; si en el tema de la violencia de pareja dividimos las posturas en los que quieren que mueran mujeres y los protectores de las mujeres, etc., etc., no hay diálogo posible.  


Lo mismo ocurre con la ciencia. El código binario de la ciencia, como dice Luhmann, es verdad/error, de lo que se ocupa la ciencia es de ir acercándonos poco poco cada vez más a la verdad, de intentar descubrir la verdad. Si metemos el código binario bueno/malo en la ciencia nos la hemos cargado porque ya estamos anticipando lo que la ciencia puede o no investigar y a qué resultados y conclusiones debe llegar, las que previamente hemos acordado que son las buenas. Y así ya estamos cerrando los temas, estamos diciendo que ya lo sabemos todo y que no hay que seguir investigando. Dice Luhmann: “Los códigos funcionales (se refiere al de la ciencia, por ejemplo, el de verdad/falso) deben operar a un nivel más alto de amoralidad porque deben hacer sus dos valores disponibles para todas las operaciones del sistema”. Es decir, habría que limitar la esfera de aplicación de la moralidad. Pero actualmente estamos haciendo todo lo contrario, estamos metiendo la moralidad hasta en la sopa. La moralidad es una sustancia altamente contagiosa que lo está contaminando todo. Estamos viendo cómo científicos, académicos y filósofos piden que no no se deje hablar a otros científicos y académicos porque son el demonio, el mal, y así la ciencia no puede trabajar.

2- Las sociedades morales tienden al autoritarismo, la jerarquía, el elitismo y la desigualdad. 

Decíamos que la moralidad es una tecnología para la cooperación y coordinación de los grupos humanos. Pero filósofos como Ian Hinckfuss hacen hincapié en que, históricamente, hemos visto cómo la moralidad se ha utilizado para reforzar el poder de las élites y justificar el orden establecido. Las connotaciones morales de conceptos como lealtad o patriotismo se han utilizado para condenar como traidores/criminales a los reformadores y críticos. Los que han dicho qué es lo bueno y qué es lo malo han sido los que mandan y ese poder terrenal ha sido apoyado, por ejemplo en otros tiempos, por los valores morales aportados por el poder divino (la Iglesia). Lo bueno ha sido muchas veces lo que hacen las clases altas y lo malo lo que hacen las clases bajas. Igual es exagerado decir que la moralidad es la causa de estas desigualdades pero sí tiene un punto probablemente Hinckfuss en que la moralidad se ha usado para justificar el statu quo y mantener las estructuras jerárquicas. Como hemos dicho, la gente desea desesperadamente hacer lo que está bien y se siente mal si no lo hace. Por lo tanto, el que determina qué es lo bueno y qué es lo malo tiene un poder enorme, el poder de marcar el discurso y el rumbo de la sociedad en su conjunto.

3- La moralidad promueve las guerras y los genocidios.

Hemos hablado otras veces de que la mayoría de la violencia en el mundo es una violencia moralista, Violencia Virtuosa, es la violencia de la gente que cree que está haciendo el bien y en base a ello mata o comete genocidios. No es la única causa pero la moral colabora a que la gente normal se convierta en genocida. Decía Steven Weinberg: “La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión”. Creo que Weinberg se equivoca en parte porque se centra en la religión pero el problema es más amplio, ideologías laicas como el comunismo han cometido terribles barbaridades también. El problema es la moral, la fe en nuestra superioridad, creerse en posesión de la verdad y por tanto legitimado para acabar con el mal encarnado en los otros, en esos adversarios diabólicos que son un obstáculo para conseguir el mundo feliz y la utopía que buscamos.

Bien, hasta aquí algunos argumentos en defensa de la postura de que la moralidad es un peligro, de que por un lado es necesaria pero que por otro nos acerca al abismo. Suponiendo que os hayan convencido, la pregunta ahora sería: ¿Y deberíamos abolir la moralidad? ¿viviríamos mejor en un mundo sin moralidad? De eso hablaremos otro día, pero mientras tanto una sugerencia: tened cuidado ahí fuera con la moralidad, especialmente con la creencia de ser superior moralmente.

@pitiklinov 



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