Alcohol: Los que beben

Colaboración de Juan Medrano
Recientemente se ha publicado un libro –Alcohol and Humans. A long and social affair, editado por KH Hockings y R. Dunbar- que es toda una enciclopedia sobre la relación de los humanos con el alcohol, pero a la espera de tener ocasión para leerlo con la atención que merece, un aperitivo interesante es el capítulo que dedica a las bebidas alcohólicas Jonathan Silverstown en su Dinner with Darwin. Food, drink and evolution (2017), del que existe edición en castellano (“Cenando con Darwin”, publicado en Crítica hace escasos meses).
Silverstown, ecologista evolucionista de formación, trabaja en el Instituto de Biología Evolutiva de la Escuela de Ciencias Biológicas de la Universidad de Edimburgo, donde lleva más de cinco años. Su investigación, según su web, gira en torno a la biología de poblaciones de plantas, pero en “Cenando con Darwin” ha sido capaz de resumir en un libro relativamente corto una cantidad impresionante de conocimiento sobre la visión evolucionista de la alimentación del ser humano, con un estilo ameno, y haciendo gala de un talento humorístico nada desdeñable. La escena de la familia Homo reunidos en una mesa para comer cada cual según sus preferencias es algo más que simpática.
Como todos los capítulos del libro, “Wine and Beer – Intoxication” resume en unas pocas hojas una información demasiado amplia para incluirla en una sola entrada, por lo que de la tríada que protagoniza la historia -la materia prima (el producto carbohidratado), el fabricante de etanol (Saccharomyces Cervisae) y el consumidor humano- centraremos el comentario en este último


El libro y su autor
El alcohol, y nos referimos exclusivamente al etanol, es una sustancia psicótropa especial. No interactúa sobre sistemas fisiológicos como otras sustancias influyendo sobre los neurotransmisores (alucinógenos, estimulantes) o replicando directamente los efectos de estos (que se han dado en denominar “endógenos” por esta constatación), como en el caso de los cannabinoides u opioides. El alcohol es puramente un tóxico, pero es un tóxico al que el ser humano ha desarrollado tolerancia. Según explica Silverstown y otros antes que él, la habituación al alcohol es una consecuencia colateral de nuestra alimentación frugívora. La fruta madura está repleta de hongos y levaduras que actúan sobre los azúcares de las plantas y por ello es inevitable que quien come fruta ingiera alguna cantidad de alcohol, lo que quiere decir que para ser abstemio total uno tiene que quitarse de comer fruta o ingerirla solo cuando está muy verde.. Las plantas con frutas aparecieron en el Cretácico (hace entre 125 y 150 millones de años) y antes que los primates otros animales se han alimentado de ellas y han debido desarrollar mecanismos para adaptarse al tóxico. De hecho, la alcohol deshidrogenasa (ADH) humana mutó a su actual forma hace entre 13 y 21 millones de años, a la altura de nuestro último antepasado común con los orangutanes. Pero la enzima está presente en muchas otras especies; entre ellas –no podría ser de otra forma- la mosca de la fruta, lo que refleja que antes de que empezase a haber frutas y, con ellas, alcohol producto de la fermentación de sus azúcares, ya había procesos metabólicos en los que era preciso tratar el alcohol. 

Alcohol deshidrogenasa
La actual ADH –ADH4-  tiene una capacidad para metabolizar el alcohol que multiplica por 40 la de la variante previa. Como se ha indicado, mutó en un periodo concreto que Silverstown relaciona con un clima más seco que hizo que hubiera menos árboles y nuestros antepasados pasaran más tiempo en el suelo que en las ramas. También por ello, la mayor parte de la fruta que pudieran obtener la recogerían del suelo, y estaría más madura y posiblemente pasada y, por tanto, sería más rica en alcohol, lo que supone que se daban condiciones adecuadas para que la nueva mutación fuera seleccionada. Y sin duda contribuyó a esa selección que el alcohol es una fuente de energía excelente; a igualdad de cantidad genera el doble de calorías que los carbohidratos. La presencia de esta enzima más eficiente, en cualquier caso, palidece ante la que debe tener una musaraña del sudeste asiático, la Ptilocercus lowii, que se alimenta del néctar alcohólico de la palmera Eugeissona tristis. Un estudio encontró que este diminuto mamífero consumía y toleraba como si nada cantidades de alcohol que provocarían una notable intoxicación en un humano. 

Ptilocercus lowii haciendo equilibrios con destreza pese haber libado altas cantidades de alcohol
También tienen un aguante especial algunos murciélagos, como se demostró en un estudio de Orbach y colaboradores, que alimentaron a murciélagos salvajes de las especies Artibeus jamaicensis, A. lituratus, A. phaeotis, Carollia sowelli, Glossophaga soricina, and Sturnira lilium con agua azucarada (grupo control) o agua azucarada con etanol añadido, antes de exponerlos a una prueba de vuelo con obstáculos al tiempo que registraban sus llamadas de ecolocalización. Además calcularon la alcoholemia con muestras de saliva (probablemente los probandos no habrían podido soplar adecuadamente en el alcoholímetro), y encontraron concentraciones de hasta 0.3% que no afectaron en modo alguno al vuelo o a la ecolocalización en comparación con el grupo control. La conclusión fue estas especies tienen una tolerancia que es adaptativa a la vista de su dieta. 


Artibeus jamaicensis volando seguro a pesar de la ingesta de etanol
La tolerancia de estas especies al alcohol ha de relacionarse necesariamente con su aprovechamiento. Si la metabolización del etanol por parte, pongamos, de un G. soricina es rápida, eso quiere decir no solo que tolera al tóxico, sino que le saca el máximo rendimiento y volará como un cohete en el pérfido recorrido que le han preparado Orbach y sus malintencionados colaboradores. En definitiva, se tolera el etanol porque se exprime al máximo su capacidad calórica, y viceversa, lo que tiene todo el sentido del mundo en animales frugívoros. 
Ahora bien, más allá que como combustible, ¿existen en el mundo animal otros usos del etanol, no directamente energéticos, al estilo del empleo que hace del tóxico nuestra especie? Existen vídeos de elefantes africanos (Loxodonta africana) aparentemente ebrios tras consumir frutas maduras de la marula (Sclerocarya birrea). Morris y colaboradores, aunque conceden que a los elefantes les atrae el alcohol, dudan que llegan a emborracharse. Haciendo una regla de tres a partir de la fisiología humana, calculan que un elefante de 3.000 kg de peso debería ingerir entre 10 y 27 litros de etanol al 7% (una cerveza potente) en un periodo breve para empezar a mostrar signos de intoxicación. La fruta de la marula puede contener hasta un 3% de etanol, por lo que a un elefante que se alimente de la forma habitual en la especie le costaría mucho llegar a embriagarse. Los autores, en cualquier caso, asumen que queda mucho por saber de la fisiología paquidérmica en relación con el alcohol; si su ADH no es tan eficiente como la humana es posible que cantidades no excesivamente altos de marula procuren curdas elefantásticas. 

Supuesta trompa de elefantes africanos
Decíamos que Morris y colaboradores asumen que los elefantes africanos tienen una inclinación a consumir alcohol. Un trágico incidente lo constató en 2004 en sus primos asiáticos. Un grupo de más de 20 elefantes asaltó en la India un depósito de cerveza de arroz –bebida a la que al parecer son aficionados- y en plena y alborotada intoxicación tiraron una torre de alta tensión, con el resultado de que las trompas de cuatro de ellos entraron en contacto con los cables, lo que supuso su muerte inmediata. También se ha estudiado el patrón de consumo en los macacos Rhesus, observándose que algunos individuos ingerían alcohol hasta llegar a la intoxicación y al malestar físico, o incluso hasta quedar inconscientes. Los individuos que vivían solos eran los que más bebían, y consumían más alfinal del día, como los humanos después de un largo día trabajo.
Pero el ejemplo más palmario es el de los chimpancés (Pan troglodytes verus), que por historia filogenética comparten nuestra eficiente ADH. Según informaron Hockings y colaboradores, los individuos de una zona de Guinea consumen etanol contenido en la savia fermentada de la palmera raffia (Raphia hookeri), donde está presente en concentraciones entre el 3.1% y el 6.9%. Para ello estos primates emplean una hoja como herramienta, al estilo de los utensilios que emplean sus primos de Tanzania para cazar hormigas y que al ser divulgados por Jane Goodall tanto impresionaron al mundo al demostrar que el chimpancé es también habilis. El estudio de Hockings demuestra que es también barensis.

El artículo de Hockings y cols. “Incidentalmente”, que dicen los contaminados por el Spanglish, la primera firmante es precisamente la coautora con Dunbar de “Alcohol and Humans. A long and Social Affair”
La tolerancia humana al alcohol tiene el inconveniente de que permite que nuestro organismo se exponga a un tóxico con efectos perniciosos sobre diferentes órganos. Por tanto, aunque facilitase en su momento una mayor eficiencia energética del consumo de frutas, hoy en día constituye un problema potencial. Salvo para personas que no toleran el alcohol. Una forma de intolerancia es la debida a la mutación de la Aldehído Deshidrogenasa (ALD) que hace que este enzima, necesario para eliminar el acetaldehído en el que convierte la ADH al etanol, sea menos eficiente. Cuando sucede así (y sucede en el 40% de la población de Asia Oriental), se acumula el acetaldehído, lo que tiene efectos desagradables y potencialmente graves. En personas con ALD eficientes, fármacos como el disulfiram producen una inhibición de la enzima, lo que se traduce en el acúmulo de acetaldehído con los resultados fisiológicos que produce el efecto Antabus y que constituye el fundamento del tratamiento con aversivos del alcohol. Pero el disulfiram no aportó nada nuevo, en realidad. En ese inmenso laboratorio que es la Naturaleza encontramos también sustancias naturales con capacidad de bloquear o inhibir la ALD. Son moléculas diseñadas por los más versátiles de los químicos, esto es, las plantas y los hongos, que llevan millones de años probando productos que pasan el filtro de la Selección Natural cuando mejoran la capacidad de supervivencia o de reproducción de la especie. Las moléculas así desarrolladas, si suponen una defensa por ser tóxicas o puros venenos para los depredadores de la planta o del hongo, persistirán en el kit básico de supervivencia de la especie. Así, existen hongos –setas, queremos decir- que utilizan la vía de la inhibición de la ALD como mecanismo defensivo; una de estas sustancias es la coprina, sintetizada por el hongo Coprinus atramentarius. La producción de estos inhibidores de la ALD tiene sentido no porque los animales que se alimentan de estas setas consuman habitualmente morapio, sino porque consumen en mayor o menor medida fruta muy madura. 


Selección de hongos productores de sustancias con acción inhibitoria de la AldD. Los sumilleres informados saben que maridan fatal con cualquier vino, independientemente de su clase, denominación de origen o añada

Pero la intolerancia humana al alcohol puede deberse también, y paradójicamente a la ADH, en concreto a una variante denominada ADH1B, de la que existe una mutación, ADH1B*2 que aparece en el 75% de las personas de China y Japón, siendo el 20% homozigotos; en Europa y África, en cambio, es mucho menos común. Esta mutación de la enzima metaboliza el alcohol 100 veces más rápido que la ADH habitual y lo hace, además a concentraciones bajas de etanol. Por tanto, en las personas que la portan libaciones escasas producirán grandes cantidades de acetaldehído, lo que las hace intolerantes a la ingesta de bebidas (y frutas) alcohólicas. Si además esos individuos en los que se generan grandes cantidades de acetaldehído con ingestas muy reducidas son portadores de la versión “torpe” de la ALD, su intolerancia al etanol es inmensa.

Oriental intolerante al alcohol
Por último, hay que repasar si todos los millones de años de capacidad metabolizadora del alcohol sugieren que la sustancia aporta algún beneficio más allá de su aprovechamiento energético. En los últimos años vienen publicándose supuestas y diversas ventajas de alcohol sobre la salud, al tiempo que desde otras posiciones se reclama que se le identifique como el tóxico que es. Una de las cuestiones que ayudaría a esclarecer la cuestión sería que alguien definiera qué es el consumo moderado y prudente que se nos dice se asocia con resultados favorables, por ejemplo, a nivel cardiovascular. Un estudio reciente de Goldwater y colaboradores en PLoS One añade una cierta confusión al concluir que en comparación con personas que no beben, los consumidores (moderados) de alcohol muestran valores de un indicador fisiológico (carga alostática) que se asocian con mejores resultados en salud. Y no parece una cuestión constitucional, ya que los valores de ese indicador sugestivos de mejor salud solo se dan en consumidores activos, no en controles abstemios o que han son antiguos bebedores que han abandonado el hábito. La cuestión no es sencilla y probablemente sea complicado encontrar un equilibrio científico entre las posturas que preconizan la abstinencia total, teñidas de virtud, y las que puedan ser sospechosas de hedonistas que sugieren que el consumo moderado (sea eso lo que sea) depara algún beneficio. Pero estas pugnas y la contaminación de la búsqueda de la verdad por los prejuicios morales es algo tan consustancial a nuestra especie como la ADH4. Dado que no es esperable que se resuelvan, mejor destinaremos nuestra atención en el futuro a los otros protagonistas de la historia: la materia prima y el fabricante de etanol.

El artículo de Goldwater

Colaboración de Juan Medrano

Fuentes
Hockings KJ, Bryson-Morrison N, Carvalho S, Fujisawa M, Humle T, McGrew T et al. Tools to tipple: ethanol ingestion by wild chimpanzees using leaf-sponges. R. Soc. open sci. 2015; 2: 150150. http://dx.doi.org/10.1098/rsos.150150
Silverstown J. Cenando con Darwin. Tras las huellas de la evolución en nuestros alimentos. Barcelona: Crítica, 2019 

Wiens F, Zitzmann A, Lachance MA, Yegles M, Pragst F, Wurst FM, et al. Chronic intake of fermented floral nectar by wild treeshrews. PNAS 2008; 105: 10426–31; doi10.1073pnas.0801628105

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