Darwin viene a la ciudad. La evolución de las especies urbanas

Colaboración de Juan Medrano


Menno Schilthuizen (1965) no solo es un caballero con un apellido imposible de escribir si no hace uno la trampa de utilizar un copia y pega de un texto donde pueda encontrarlo. Es también un biólogo evolucionista holandés, profesor en la Universidad de Leiden, experto en caracoles y escarabajos y autor del delicioso libro que comentamos, cuyo título remite a la canción navideña de Coots y Gillespie que tantos maestros, desde Bing Crosby a Ella Fitzgerald, de Sinatra hasta el mismísimo Springsteen, han interpretado desde su primera publicación en 1932. Un servidor siente debilidad por esta versión estilo New Orleans.

Menno Schilthuizen con un caracol colega
Al igual que la canción navideña se hizo popular por festiva y estimulante y supone un buen rato musical, el libro de Schilthuizen produce emociones positivas por ser un prodigio de erudición y amenidad que hace de su lectura un auténtico placer, suscitando, por ejemplo, la valoración entusiasta de Vary Ingweion en su canal Curiosa Biología. También esa riqueza de datos, las asociaciones continuas que realiza el autor, convierten a su obra en imposible de resumir, por lo que hay que optar por ofrecer una visión general que, confiamos, atraiga a quien lea esto hacia tan singular trabajo.
A lo largo de sus casi 300 páginas, Darwin viene a la ciudad” no solo nos descubre a una singular fauna y en menor escala flora urbanas, sino que nos familiariza con el mayor ingeniero de ecosistemas. Este término se ha reservado a especies como los castores, capaces de alterar las condiciones del medio en que viven, generando oportunidades para especies capaces de adaptarse a sus presas y limitando la presencia y progresión de las que no lo consiguen. No obstante, no hay ingeniero de ecosistemas como el ser humano, y no solo por los embalses, o diques con los que cambia el paisaje natural mucho más que una legión de castores o por su acción deletérea que aniquila bosques o contamina aguas. La gran y continuada ingeniería de ecosistemas que realiza nuestra especie se plasma en las ciudades que cada día son más el medio y el nicho en el que vivimos los humanos. 

El castor lleva la fama y el humano urbanita carda la lana
Así, Schilthuizen va describiendo las presiones evolutivas que supone la ciudad para animales y vegetales y cómo las especies que viven en el entorno urbano han desarrollado adaptaciones para prosperar, que generación a generación van ensanchando la distancia que les separa de sus primos “salvajes” o, si se quiere, “rurales” hasta generar especies distintas. Para abrir boca, el libro empieza por presentarnos a una más que curiosa especie: la del mosquito del metro de Londres, atrapado en los túneles y cavernas subterráneas de la capital inglesa desde la construcción del tube hace holgadamente más de un siglo. El aislamiento al que se vieron sometidos los ejemplares allí emparedados, unido a los años transcurridos, que para la especie debe ser una barbaridad en términos temporales, han producido, por presión ambiental y evolutiva, sorprendentes adaptaciones. Si el mosquito de la superficie se alimenta sobre todo de sangre de aves, el del metro se adaptado a digerir la sangre, diferente, de mamíferos (básicamente ratas y humanos); si en la superficie los ritmos estacionales determinan ciclos vitales en los mosquitos que viven allí con periodos de hibernación, en los túneles, con condiciones térmicas estables, no hay esos cambios; si la riqueza de ejemplares en la superficie hace que los machos se organicen en enjambres que las hembras atraviesan para copular, la menor presencia de individuos ha determinado en los túneles una reproducción “à deux”. Todos estos cambios han dado lugar a una nueva especie que se separa del Culex Pipiens o mosquito común: el Culex molestus, o mosquito del metro de Londres, objeto de estudio de una entusiasta Katherine Byrne (la primera de los un tanto frikis superespecialistas en fauna humana, que nos presenta el libro). La pasión por el mosquito de los túneles ha permitido a Burne aportar datos fascinantes como la subespeciación de los mosquitos de las líneas Cetral, Bakerloo y Victoria, cuyas galerías están poco intercomunicadas, o la posibilidad de que encuentros ocasionales permitan repescar genes del mosquito de la superficie. O incluso que los humanos y nuestros cachivaches (ropa, maletas, enseres) podamos actuar como vectores que van poniendo en contacto a Culex molestus de metros de diversas ciudades del mundo, abriendo oportunidades para ese intercambio, ese sorteo o esa replicación azarosa de genes que, no hay que olvidar, es el trasunto de la evolución.

Culex molestus
Pues bien, la ingeniería de ecosistemas urbanos que realizan los humanos está creando entornos nuevos a los que las especies son capaces de adaptarse sorprendentemente. Esos ecosistemas son a veces comparables a islas: es el caso de los parques de nueva York, que han permitido la subespeciación de cuatro variantes de ratones, poblaciones que aisladas en su respectivo ecosistema van desarrollando adaptaciones peculiares, que encajan con las características de cada uno de los parques. Los entornos urbanos contienen además elementos que no existen en la naturaleza, como el ruido o la presencia continua de luz, a los que las especies urbanas se están adaptando de forma tan admirable como los mirlos, que cantan de noche y de forma diferente a sus primos de campo. También los depredadores son diferentes, de modo que han seleccionado en los estorninos urbanos un diseño de ala que facilita la huida de los gatos callejeros. Las palomas urbanas escapan a otros peligros urbanos con unas plumas más oscuras como estrategia para resistir concentraciones peligrosas de metales pesados, sin contar con las la capacidad de especies de peces para sobrevivir en aguas más que contaminadas. En definitiva, la ciudad es un laboratorio evolucionista que permite desde el siglo XIX reconocer como especies diferentes a los mirlos urbanos y campestres. Rizando el rizo, Schilthuizen nos cuenta el caso de los pinzones de las Galápagos, que acostumbrados a la plaga de guiris que visitan las islas y a sus hábitos alimentarios urbanos en forma de snacks y fritangas diversas, van aprendiendo a ingerir, bien por saqueo, bien alimentándose de los restos, unos alimentos nuevos para ellos que están generando cambios darwinianos en sus picos.

Turdus merula y Turdus urbanicus
También las vida urbana selecciona conductas y habilidades, que se transmiten en las especies como comportamientos seleccionados o como culturas, como la capacidad de los cuervos de la ciudad japonesa de Sendai, que lanzan nueces a la carretera para que los coches las pisen y partan, pero esperan a que el semáforo se ponga en verde para acercarse a por ellas, o los herrerillos ingleses que aprendieron abrir las botellas de leche fresca que tradicionalmente se dejaban cada mañana a las puertas de las casas. 

Herrerillo abrebotellas
No hay que dejar de recoger que el entusiasmo de Schilthuizen y sus colegas ecologistas urbanos de todo el mundo no siempre es bien comprendido, ya que reciben críticas de quienes cogiendo el rábano por las hojas (una postura muy común desde la ideologización de cualquier disciplina) vienen a entender que les parece estupendo que el ser humano degrade el medio ambiente para poder apreciar las consecuencias biológicas de tal degradación. Lejos de ser esa su posición, el autor declara su añoranza por los pantanos cercanos a su ciudad, hoy desaparecidos, donde comenzó su pasión por la Biología. La cuestión, lo que ilustra más que eficazmente su libro, es que la vida es inevitable, aparece, crece y se diversifica ante las presiones ambientales, allá donde se den las condiciones mínimas para poner en evidencia que es un potentísimo motor, una verdadera pulsión capaz de generar adaptaciones que favorezcan la supervivencia y la transmisión a generaciones ulteriores de lo que Darwin no sabía todavía que eran los genes. En definitiva, Darwin viene a la ciudad nos demuestra que la urbe, aunque no nos hayamos dado cuenta, es un laboratorio evolucionista más que pone de manifiesto la pujanza de la vida.

Colaboración de Juan Medrano 

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